Entretanto, él y ella habían ido trocando poco a poco las tintas ideales de sus alegorías, y buscando la comunicación de sus mutuos sentimientos por otros carriles más humanos, aunque menos pintorescos; se amaban a la manera de los mortales del mundo sublunar que se aman de veras, sin afirmarlo a cada instante, pero sin vacilaciones ni recelos, ni ansiedades locas ni exigencias ridículas. Luz hallaba menos cargado de poesía este cuadro de la realidad que el otro de su fantasía; pero, en cambio, le parecía más substancioso, y por ello no se lamentaba del trueque. Verdad es que Ángel sabía mantenerla en tan buena conformidad pintándola a menudo, y para lo porvenir, hasta panoramas enteros, que no por desenvolverse en el prosaico mundo «de cal y canto», dejaban de ser llamativos para la venturosa pareja que había de habitar en ellos.

Cuando la marquesa comenzaba a echar de menos los pormenores que Luz no podía darla sobre la procedencia del «mejor amigo» de ambas, se anticipó el interesado mismo, en una ocasión bien elegida, cuando vino muy a pelo, a sacarla de su apuro, relatándola con noble, sencilla y hasta elegante ingenuidad, su filiación entera y verdadera.

Esto ocurrió una tarde, en la intimidad de una conversación habida en el mirador del gabinete de la marquesa entre ésta, su hija y el relatante, al blando rumor de las ondas que venían a morir, deshaciéndose en ancha faja de espumas, sobre la playa inmediata. He aquí la substancia de su relato:

Ángel era el menor de varios hermanos suyos, a quienes no llegó a conocer, porque murieron siendo muy niños. El temor de que también él se muriera, fue causa de que le guardaran sus padres como oro en paño. Cualquier otro en su lugar se hubiera perdido con lo que se hizo con él por el afán de conservarle. A él le salvó su naturaleza, francamente refractaria a vivir bajo fanales. Nunca fue niño mimoso ni asombradizo, aunque sí muy avaro del calor del hogar y de la familia. No llegó a perdulario, ni con cien leguas; pero rompió muchos zapatos jugando en las plazuelas con otros camaradas; se descalabró bastantes veces, y no volvía a casa, de retorno de la escuela o del paseo, con la ropa más limpia ni más entera que la de cualquier otro muchacho de buenas agallas. Lo que nunca hizo fue negar en casa lo que había hecho en la calle, ni quejarse contra nada ni contra nadie por sucesos de que él solo tenía la culpa. Esta sinceridad le valió nuevas largas de quien tenía derecho para atarle corto; pero él no las quiso, es decir, no usó de ellas, porque le bastaba con las que ya tenía para expansión necesaria de las fuerzas de su temperamento. Cumplió bastante bien con sus deberes escolares. No descolló gran cosa entre sus condiscípulos de primeras y segundas letras, pero tampoco fue de los últimos. Se creía muy en su puesto estando donde estaba, y por eso jamás tuvo celos de los que le precedían, ni miró con desdén a los que iban detrás.

Cuando llegó el momento de elegir una carrera, hubo grandes porfías en su casa. Todo parecía poco para él, y él, entretanto, tenía bien limitadas las ambiciones sobre este particular; no sólo porque era cosa convenida que no necesitaba la carrera para vivir a expensas de ella, sino porque no quería echar sobre su cabeza mayor carga de la que pudiera sufrir con desahogo. Fue siempre un enigma indescifrable para él la convenida claridad de las matemáticas. Excusado era enderezarle por este camino. Aun suponiendo que hubiera sido capaz (que no lo fue) de penetrar los alambicados y abstrusos conceptos de la metafísica, reputaba por perfectamente inútil en la práctica de la vida toda esa jerga filosófica que ha tenido siglos enteros en perpetua disputa a la mitad del mundo sabio, sin que haya quedado más fruto positivo y tangible de tan larga y encarnizada batalla que un rimero de infolios en latín, que van royendo poco a poco los ratones y las polillas. No tenía estómago bastante fuerte ni entrañas del temple necesario para médico, amén de que, como carrera de lujo, la de Medicina le parecía la menos a propósito de todas las carreras. Y así, por este sistema de exclusión, llegó a demostrar a su padre que él no podía ser otra cosa que jurisconsulto, la carrera en que caben todos, los grandes y los pequeños, los listos y los tontos, y los que se buscan el título como puerta para salir a todos los campos de las humanas ambiciones, que no eran pocas a la fecha.

Y se hizo abogado en unos cuantos años de estudiar regularmente y de asistir a cátedra con bastante puntualidad, sin pedir, por iniciativa propia, más vacaciones que las de reglamento, ni perorar en los motines universitarios, ni fomentar huelgas ni manifestaciones escolares de ninguna especie, aunque obligado a servir de comparsa en las que le tocaron en suerte.

Siendo abogado a los veintidós años, ya no supo qué hacerse, y por hacer algo tuvo serias tentaciones de abrir su correspondiente estudio; pero no cayó en ellas, en primer lugar, porque con los aires de un largo viaje que hizo por entonces para acabar de convencerse de que en el mundo hay algo más que Madrid y sus afueras (lo cual no quieren creer todavía algunos madrileños), se le modificaron mucho las ideas sobre el bufete de letrado; y, en segundo lugar, porque ya le chisporroteaban en la mente ciertos reflejos de otras regiones más altas y serenas que las del foro; reflejos que, con el roce y continuo trato de personas avezadas a vivir en ellas, llegaron a ser clara luz con la cual descubrió nuevos mundos que le despertaban grandes apetitos en su fantasía, y en los cuales eran desconocidos los procuradores y el papel sellado.

Felizmente, conservaba Ángel en toda su pureza la buena pasta de sus primeros años. Continuaba conformándose con lo que en buena ley le correspondía, y teniendo por precepto de ella el volverse a su puesto, muy tranquilo, después de malogrársele su intento de valer un poco más, bien convencido de que no todos los viandantes servían para todos los senderos. De otro modo, no hubiera ganado para sustos, contrariedades y descalabros; porque el mozo, en este particular, siempre fue curioso y decidido.

Antojósele que «también él» era poeta, porque era sensible y veía claro en el espacio de las ideas. Allí estaban, y suyas podían ser como de cualquier otro. Decidiose, y se apoderó de unas cuantas que mejor le parecieron. Trabajo inútil. Lo que tan hermoso se le antojó disperso y revoloteando en los cielos de su fantasía, entre manos profanas no era más que un puñado de cosas descoloradas y deformes. Le faltaba el arte con que vestirlas para que fueran la expresión exacta de lo concebido en la mente, y esto no era ser poeta.

Ya siendo estudiante se había creído capaz de ser pintor, porque sentía y amaba a la naturaleza, y tributaba admiración y hasta saboreaba las obras de los grandes maestros. Además, la herramienta de este oficio le parecía de mayores recursos y más entretenida que la pluma. Otro desengaño. ¡Siempre la idea desfigurada y confusa entre la obscuridad de un arte deficiente! La misma dificultad con los colores que con las palabras. Cuanto más trabajaba para dar relieve a las formas de su pensamiento, más le desvanecía y le ahogaba entre la balumba de las frases huecas o de los colores resobados. Esto no era ser artista.