Pero ¿por qué lado la tomarían entonces? Estaba seguro de haber oído hablar más de una vez en su casa de la marquesa de Montálvez, no recordaba si para bien o si para mal, ni con qué motivo, porque no se fijaba nunca en el tema de las conversaciones que no le interesaban probablemente sería para mal, porque, para bien, jamás tomaba en boca su madre el nombre de ninguna señorona. Manías sin importancia de la pobre mujer.

Entretanto, que continuara aquella casi muda porfía que aguzaba los apetitos de la curiosidad de los cariñosos viejos con lima de mayores dientes cada día (y ya duraba cerca de cuatro meses la labor destructora), y que le dejaran apurar hasta la última gota de la miel de sus amores castos, la cual le brindaba nuevas dulzuras a cada momento.

Porque Ángel, artista de corazón y con el pecho atestado de impresiones vírgenes y profundas, estaba maravillado de ver cómo aquella flor purísima iba desplegando sus hojas al calor del nuevo sol, y absorbiendo con avidez la luz y el ambiente del desconocido mundo, a medida que se ensanchaba y crecía sobre su tallo oscilante.

Estas metáforas eran de Ángel. Luz era la flor; el amor de Ángel, es decir, Ángel entero y verdadero, el sol que la esponjaba; y el ambiente y la luz, los cuadros de humana realidad con que él iba despertando a la cándida soñadora de paraísos alegóricos.

Ya habían concluido entre los dos los temas de aquel colorido fantástico: se habían bajado a la tierra de los mortales; y era de admirar el relieve y la vida que había adquirido la belleza de Luz con este cambio de residencia y de clima. Hasta se sonreía cuando Ángel evocaba aquellas imágenes idílicas para compararlas con las realidades presentes.

—Y has de concluir por borrarlas de tu memoria—la dijo una vez el entusiasmado mozo.

—¡Eso no!—respondió Luz con gran vehemencia—. ¡Cómo he de olvidar yo que por allí vinimos?

Y Ángel no acertó a responder con palabras, ni se atrevió a sustituirlas con el único medio, sobrado terrenal, que se le ocurría, de beberse la respuesta de Luz para refrescar sus ideas.

Así fueron corriendo estos trámites, que parecían no tener fin, porque en un alma como la de Luz siempre hallan tesoros nuevos corazones tan honrados y tan novicios como el de Ángel; pero si no se columbraba el fin, había que salir a buscarle; y Ángel dio los primeros pasos con esos rumbos, bien resuelto a no detenerse en el camino. Lo que él entendía por su deber, que acaso fuera una necesidad mal comprendida, le imponía esta resolución.

Luz no se desorientó tampoco en el nuevo terreno a que la llevó la consulta de Ángel. No llegaba su inocencia al extremo de ignorar a dónde se iba por donde ellos andaban con un mismo impulso y una sola voluntad. ¿Pensaba él que ya era hora de poner fin a aquella placentera jornada de su viaje y de emprender otra nueva y más agradable todavía? Pues bien pensado estaría. Todo era creíble para Luz, menos que Ángel y ella no fueran una misma cosa, con un mismo corazón y un mismo pensamiento; que lo que les estaba pasando a los dos no fuera lo que debía pasar, ni que hubiera en el mundo suceso ni contrariedad destinados a impedirlo. ¿Quién, ni qué se resiste contra el ambiente que se respira y el sol que alumbra? Pues como el sol y el ambiente eran para ella la vida y el amor de Ángel: elementos naturales y necesarios de su propia existencia.