La Esfinge tomó la tarjeta, púsola a conveniente luz, y clavó en el retrato la vista a través de sus anteojos, con una fijeza tan inalterable y dura, que Ángel hubiera jurado que le hacía daño en el pecho y que por eso latía su corazón tan desacompasadamente.

Don Santiago, vencido por la impaciencia, levantose del sillón, y por encima del hombro de su mujer se puso a contemplar también el retrato. Y así se estuvieron un par de minutos sin decir palabra: la Esfinge, con su ceño indescifrable; su marido, con la boca desplegada y los ojos muy abiertos, y Ángel mirando al uno y a la otra, temblándole las piernas y con el corazón dale que dale.

Al fin se movió doña Ramona para alejar un poco más la fotografía; y, sin dejar de contemplarla, exclamó con un entusiasmo que no era de esperar en ella:

—¡Dios mío, qué criatura más angelical!

—¡De verdad es primorosa!—dijo don Santiago cogiendo la tarjeta y acercándose al balcón para examinar el retrato más a su gusto.

—¡Y qué humildemente vestida y peinada está!—añadió la Esfinge al soltar de su mano la tarjeta.

—¡Y qué dulzura de semblante y qué mirar de Niño-Dios!—dijo don Santiago desde el hueco donde estaba embutido ya.

Ángel sintió en su pecho cuatro porrazos seguidos y tremendos, uno por cada exclamación, que le retumbaron en la cabeza. Pero aquellos golpes no le dolían ni le incomodaban.

—Corriente—dijo en seguida su madre, mirando al extasiado mozo, y como si respondiera a las palabras de él cuando la entregó el retrato—; y ¿qué significa... esto?

Entonces Ángel se sentó a su lado; y con muchas zalamerías, convirtiendo con gracia y con habilidad el tema de la media naranja, tan repetido en su casa, en disculpa y germen de todo lo sucedido después, comenzó la historia de ello; pero desde muy atrás: desde el punto y hora en que conoció a Luz a la puerta de las Calatravas, callándose discretamente apellidos y seriales para que no saliera lo tapado antes del momento en que debía salir.