—¡Mujer!...

—Para que duela lo digo, Santiago, para que duela..., porque esa clase de heridas no se curan con bálsamos dulces: se curan a fuego, entre martirios como el que estoy padeciendo yo viendo al hijo de mis entrañas, al regalo de mis ojos, entre las uñas de Satanás. ¿Merecía él ese destino? ¿Le hemos criado tú y yo para eso?

—No, mujer, no—díjola don Santiago en santa calma—; pero a un solo fin se puede ir por diversos caminos... Déjame por donde voy ahora, que yo sé que no voy mal y que he de llegar antes y mejor que por donde tú quieres que vaya.

Luego, volviéndose a Ángel, que continuaba mudo y cada vez más aturdido, dijole entregándole el retrato:

—Tómale, hijo, ya que le deseas..., como es natural; pero procura no tenerle delante cuando medites sobre lo que te he dicho, para resolver lo que te conviene.

Ángel recogió la tarjeta, y salió, con ella en la mano, del despacho de su padre; y es cosa averiguada que en cuanto se vio solo y encerrado en su gabinete, desahogó las fatigas de su pecho regando con lágrimas ardientes y devorando a besos resonantes aquella imagen fidelísima de la más hechicera «obra del demonio».

XIII

Y mientras besaba el retrato y le mojaba con lágrimas, el pobre chico pensaba..., ¿en qué había de pensar sino en la desdichada semejanza de su conflicto con el conflicto de la novela que había intentado escribir él? ¿Quién le hubiera dicho cuando se perdía en la maraña de aquella ficción; cuando exponía las dificultades a la marquesa (que debieron de saberla a rejalgar), y a la inocente Luz, que le oía embelesada; cuando, ¡mil veces necio, y estúpido y mentecato!, apuraba la materia delante de ellas, por la pueril vanidad de encarecer el valor de la obra de su ingenio, que había de ser él, el propio Ángel Núñez, vivo y efectivo, quien tuviera que resolver el problema, no como novelista, sino como persona comprometida en un lance verdadero, exactamente igual al lance de su novela?

¡Resolver el conflicto! Pero, después de bien mirado el caso, ¿dónde estaba el conflicto? El conflicto existe cuando el ánimo no ve salida clara para la angustia que le acongoja; pero en el caso de él no cabían dudas ni vacilaciones, porque había una puerta franca y expedita, nada más que una, una sola: la única que podía haber. ¿Cómo no vio el torpe novelista lo que tan palpable debió estar delante de sus ojos? Ella y nada más que ella, con ella y para ella por todos los días de la vida. Eso era el deber, eso el honor y eso la felicidad.

Y Ángel, discurriendo de esta suerte, beso va y lágrima viene sobre el retrato de Luz. Así pasó muy largo rato y desahogó lo más negro y lo más amargo, de sus penas. Eran las primeras que tenía en su vida, y además muy dolorosas y profundas. Hay que hacer justicia al pobre chico.