—Cabalmente.
—Y usted padece, tiembla y se encoge, porque en la batalla se juega a Luz, que es hermosa y dulce y hasta santa, según dicen, y no se resigna usted a perder ese tesoro... Vamos a ver, ¿y qué que se pierda?
—¡Señora!...
—Lo dicho: ¿y qué que se pierda? Es usted muy joven todavía, y por eso ignora lo que influye el punto de vista en el conocimiento de las cosas. El amor de Luz es el primero que usted siente, y cree imposible hasta la vida si ese amor se le malogra. Todos los hombres creen y sienten lo mismo la primera vez que se enamoran; pero después, andando los años, van cambiando de parecer, y el obstáculo que de novicios se les antojó desventura sin ejemplo, ya con muchas barbas, le consideran como una dádiva de su buena suerte. No lo dude usted: hay algo de inhumano en eso de amarrar a un mozo que comienza a vivir al macizo carro del matrimonio, y decirle: «tira, y anda por ese camino áspero y obscuro que tienes delante, y por donde jamás has andado», porque se cree que el amor lo suple todo, y esto es una lamentable equivocación. En primer lugar, el amor del alma se confunde muy a menudo con los antojos del cuerpo; pero, aunque no se confunda, el amor, o lo que sea, se acaba luego, porque no duran más los incentivos que le producen; o si se conservan, pierden el encanto por la costumbre de verlos; el resultado es el mismo; lo que se llama amor, desaparece, y la venda se cae; y entonces, cuando los ojos contemplan asombrados lo muchísimo desconocido que tienen delante, la codicia de ello inflama los apetitos, y el hombre más sesudo y morigerado olvida sus deberes y se hace un glotón de cuanto ve. Es decir, cae, y de mala manera, que es mucho peor que caer..., porque también los vicios tienen su estética... ¿Se sorprende usted de lo que digo?... Pues está usted en la obligación de resignarse, porque yo no me comprometí a halagar sus ilusiones, sino a darle mi parecer después de examinar el punto por todas sus caras. Ahora estamos en la fea... Ya le veremos por otra mejor, si es que la tiene.
Ángel estaba, en efecto, sorprendido, y aun admirado, de ver por dónde tomaba la cuestión su consejera, y hasta de la cara que ésta ponía cuando le hablaba, que no era cara de susto, ciertamente: ¿adónde diablos iría a parar por aquellos caminos, tan distantes de los deseos del enamorado mozo? Ya se vería. Y comenzó a verlo en el acto, porque en el acto le dijo Leticia, después de contemplarle en silencio unos instantes, y como substancia y producto lógico de sus apuntadas reflexiones:
—Creo, pues, que no se halla usted en edad ni en condiciones de casarse.
El aludido brincó sobre el diván, y, sin poder contenerse, dijo con marcado disgusto:
—¡Pero eso es peor aún que defender la causa de mis contrarios!...
—Esto es defender lealmente la causa de usted—respondió Leticia con acento y mirar blandos y cariñosos—. Y si no, a la prueba... Pero déjeme usted concluir sin enfadarse. Contando con que usted, si no me lo dice, piensa, por sellarme la boca, que sin casarse con Luz, porque la ama, no comprende la vida, me anticipo yo a sostener que un amor, aunque sea como el de usted, se cura con otro... Esto, como regla general; pero concretándome al caso presente..., ¡usted, tan joven, tan... (no quiero que me llame lisonjera) tan bien dispuesto para el mundo, rico, independiente, con tan larga y risueña vida por delante!...
Aquí empezó Ángel a sentirse incómodo y desasosegado. Quiso interrumpir a Leticia sin acabar de comprenderla todavía; pero Leticia le contuvo con un ademán enérgico y estas nuevas palabras: