»—Ya supondrá usted que en esta casa, donde con tanta lealtad se habla y se procede, no hay nadie que sea capaz de cometer tales felonías...

»—No había necesidad de esa advertencia, señora—la dije de todo corazón.

»—Es que cómo la carta, según usted ha referido, fue entregada de parte de mi hijo...

»—Razón de más para creer que no era obra suya, puesto que no la firmaba.

»—Eso mismo pienso yo—dijo don Santiago, y eso solo debiera bastar como prueba decisiva, si hubiera alguien capaz de atribuirle...

»—Señor don Santiago—le interrumpí—, todas esas salvedades están fuera de su lugar...

»—Pero es extraño—dijo su mujer—, ¡muy extraño!, que una cosa tratada aquí, a puertas cerradas, entre nosotros solos, hace dos o tres días, se sepa a estas horas donde se sabe. ¿Cómo ha podido saberse?...

»—¡Oh, por el amor de Dios!—repliqué fatigada con aquella ociosa digresión—, no se preocupen ustedes ahora con eso... Ya se sabrá todo..., y si no se sabe, ¡qué importa! No es eso lo que a mí me duele ni por lo que he venido.

»Calláronse entonces; y como los vi dispuestos a escucharme, díjeles al punto, palabra más o menos:

»—Hay en el anónimo ese un alcance más hondo que el que se ve, tomado el papel en la sencillez de su contenido. Parece la obra de un amigo indiscreto, y es un puñal envenenado que ha producido en mi casa dos heridas mortales. Para eso fue escrito, y como puñal le esgrimió, la mano alevosa. De una de las dos heridas no hay para qué tratar: es la mía; quizás la merezco, y poco importa. Pero de la otra, que es la de mi hija inocente... ¡Dios bendito!... Yo no sé si habrá en el mundo remedio que alcance a cicatrizarla: sospecho que no; pero sé de algo que puede combatir el veneno y amortiguar los dolores; y con esto, aunque mal, ya se vive... Pues ese bálsamo milagroso está aquí, en una palabra, en una mirada, en un latido del corazón de ustedes; y yo vengo a preguntarles: ¿a costa de qué sacrificios, de qué humillaciones, de qué penitencias, le puedo adquirir para que viva la desventurada Luz?