—Sí que lo entiendo; pero no es noticia para mí. ¿Cuántos siglos hace que estáis... en eso?

—¡Dale, la muy taimada!... ¿No te he dicho que, por fin, se de-ci-dió ya? ¿Lo quieres más claro?

—¿Quieres decir que os vais a casar en seguida?

—Eso mismo.

—¡Acabaras!

Aquí un ratito de silencio. Cierta inquietud en Sagrario. Miradas investigadoras en su amiga, envueltas en sonrisas maliciosas. Recios, secos e intermitentes charrasqueos del abanico de la novia. Al fin volvió a hablar la primera, y dijo a la segunda, sin borrar de su cara la expresión maliciosa:

—¿Y para contarme esto solo me has traído tan acá y tan a escondidas, cuando podías haberlo publicado a gritos en medio de la tertulia..., y de seguro lo publicarán mañana los periódicos en sus crónicas de salones?

—Para esto solo—respondió Sagrario, sonriendo también—, y para lo que de ello se cae por su propio peso.

—Lo suponía: un poco de comentario; pero como te quedaste tan callada...

—Pensaba yo que a ti te tocaba empezar.