—Y tú ¿de qué lo sabes?—preguntó Verónica atreviéndose poco a poco.

—De que me lo ha confirmado él con la mayor desvergüenza.

—¡Confirmado! ¿Luego ya lo sabías?

—Por Leticia, a quien se lo dijeron amigos íntimos de Gonzalo.

Volvió a contar las varillas de su abanico Verónica; calló también Sagrario, mirando el paisaje del suyo; y dijo a poco rato la primera, acaso por mudar de conversación, quizás porque realmente deseaba ver a su amiga apurar la materia a que se referían sus palabras:

—Volvamos un momento al caso aquel de tu teoría sobre...

—¡Hola!... ¿Si te habrá caído en gracia?

—Se me ocurre un reparo que ponerte.

—¿Acaso nacido de lo que acabamos de tratar?

—Precisamente de ello..., pero de su casta es.