—Soltera.
—¡Bah! Entonces no me has entendido; porque ése es precisamente el amor tonto que yo exceptué; y el amor de que yo trato, es amor de más substancia, de más... en fin, que no es amor para doncellas.
Pareciole demasiado crudo el concepto a Verónica, a juzgar por la cara que puso, y dijo, con miedo de escuchar algo peor:
—De manera que, para complemento de la teoría, es también de necesidad algo de matrimonio.
—Indispensable, Nica. ¡Como que es... la patente de corso!
—¡Jesús, qué chica ésta!—exclamó Verónica, verdaderamente asombrada.
—¿Ahora te desayunas—la preguntó Sagrario con desenvuelta frescura—, y con remilgos de beata te me vienes? Pues ¿qué ha hecho Leticia, entre otros cien ejemplos que pudiera citarte, sino buscar la patente esa, o aceptarla con gusto, por lo menos?
—Leticia no dice esas cosas...
—No; pero las hace. ¡Te aseguro, y bien lo sabes tú, que se aprovecha de la patente como el corsario de más hígados!
Vuelta Verónica a lo suyo y siguiendo en cuanto podía el tono de su amiga, atreviese a replicarla: