—¿Y qué?

—Que en un extremo así, convendría estar al tanto de ciertos antecedentes, para no extrañar...

—¡Para no extrañar!...

—Para no atribuir a falta de celo en el administrador (pongo por caso, con el respeto debido) lo que es obra de... vamos, de la marcha natural..., supongamos, de la cosa misma.

—Pues no te entiendo, Simón.

—Recordará Vuecencia que en varias ocasiones he solicitado el honor de que me permitiera explicarle, manifestarle..., vamos, ponerle a la vista el estado verdadero... de las cosas, como quien dice.

—Cierto. ¿Y qué?

—Que Vuecencia ha tenido siempre la bondad de desatender mis ruegos.

—En lo que te he dado, Simón, la mayor prueba que puedo darte de mi absoluta confianza en la administración de mis caudales.

—Precisamente, señor, del deseo de corresponder dignamente a la inmerecida honra que me dispensa Vuecencia en esa prueba, nace el empeño de enterarle...