—¡No te sobresaltes, que ya hice la merecida salvedad; pero no insistas en ese tema, porque las necesidades domésticas y sociales de una familia tan conspicua como la mía, y las de un hombre como yo, no pueden sujetarse al régimen admitido para el común de las gentes, ni al criterio de un sencillo y honrado administrador como tú!...
—Las palabras y los deseos de Vuecencia—dijo aquí el aludido, plegándose casi en dos mitades iguales—son órdenes y enseñanzas para este su humilde servidor; pero como, por lo mismo, le debo toda la verdad de lo poco que se me alcanza, quisiera advertir a Vuecencia, con el debido respeto, que no me refería tanto a lo que pudiera llamarse gastos de representación de esta ilustre familia, cuyo necesario esplendor eso y mucho más reclama, cuanto a otros independientes de ellos, y que no son los que menos agujeros han abierto en la criba a que tuve el honor de referirme antes.
—¿A qué otros gastos te refieres?
—A los grandes desembolsos que le han costado a Vuecencia los negocios que ha emprendido en compañía de don Mauricio Ibáñez...
—¡Bah!..., gajes del oficio, Simón: hay que estar a las duras y a las maduras.
—Cierto; pero a Vuecencia siempre le han tocado las duras.
—También a él...
—Pero ese es su oficio; aquí cae y allí se levanta: de eso vive; al paso que Vuecencia...
—¿Otro consejito, Simón?
—¡Dios me libre de la tentación de cometer ese nuevo pecado! Sólo que pensaba yo que en ese punto, bien cabía, sin ofensa de los respetos que debo, una indicación...