Como el banquete era político, aunque de otro modo le calificara el marqués por pura modestia, no se dio asiento en él a las señoras. Pasaban de cincuenta los comensales del otro sexo, rigorosamente vestidos de sociedad, lo mismo que los criados que les servían los manjares y los vinos, y figuraban entre los primeros las tres cuartas partes de los ministros, incluso el presidente; los de ambos «cuerpos colegisladores»; varios diputados de empuje, con grupito; la flor y nata de los ancianos del senado; el Capitán general y el Gobernador civil de Madrid..., y así sucesivamente; porque una cosa es que todos estos y otros personajes estimaran al anfitrión en lo que verdaderamente valía, y otra muy diferente los rumbosos festivales que sabía disponer en su casa para prestigio de ella y regalo de sus amigos. Como de los más estimados, inútil es advertir que no se quedaron sin cubierto aquella noche ni Pepe Guzmán ni el banquero don Mauricio.

Al tratar la prensa periódica al día siguiente de este suceso, grandes cosas dijo de la magnificencia del cuadro, tal como aparecía en conjunto a la vista del recién llegado observador, y grandes despilfarros de incienso dedicó al buen gusto y a la riqueza de la ilustre familia; pero preciso es confesar que por aquella vez, si los «órganos de la opinión pública» pecaron de entrometidos y de aduladores, en manera alguna de inexactos, como no fuera por quedarse cortos en sus reseñas y ponderaciones. Fue aquel, en efecto, un alarde felicísimo de saber hacer esas cosas por todo lo alto. Era el comedor lo que se llama «un ascua de oro»; expresiva metáfora en que cabe cuanto el lector pueda imaginarse en profusión de luces sobre lámparas y candelabros de ricos y variados metales, vajillas estupendas, cristalería de inverosímil nitidez y ligereza, vasos de porcelanas valiosísimas cargados de raras flores; en fin, lo mejor entre lo más caro del profuso acopio de que se dio cuenta en otro lugar de este relato, y lo adquirido después a peso de oro, destacándose sobre fondos obscuros, salpicados de brillantes toques metálicos, e interrumpidos en cada puerta por los desmayados paños de las pesadas y ricas colgaduras.

Bien poseído estaba el marqués de la suntuosidad del aparato escénico, así como de la intachable corrección con que iban sirviéndose a sus comensales los prodigios de su cocinero y los tesoros de su bodega; y por estarlo tanto, andaba más atento a inquirir si ese mismo sentimiento se traslucía en los gestos de sus comensales o en las palabras sueltas del incesante rumor que henchía la estancia, que a responder atinadamente a las frases con que algún colateral, creyendo acertar mejor así, intentaba llevar su atención al asunto ocasional del banquete.

Desde muy temprano había sentido él síntomas premonitorios de estas emociones. Inusitadas desconfianzas en su servidumbre, recelos injustificables hasta de la habilidad de su envidiado cocinero, le traían sin punto de reposo de un lado para otro y de acá para allá; mortificaba a su familia con consultas impertinentes y con advertencias pueriles, y aturdía a su ayuda de cámara pidiéndole prendas de vestir que tenía a la vista o entre las manos. Jamás había incurrido en estas vulgaridades de tendero rico el señor marqués, ni su familia le había visto tan polilla ni tan desmañado. A ratos se encerraba en su despacho y ensayaba a toda voz desde el sillón de su mesa, con la salvadera en la mano, los párrafos culminantes de su discurso. Le salía tal cual; pero le costaba mucho trabajo estamparle bien en la memoria. A la hora de vestirse, la emoción crecía, la memoria se le embrollaba más, y los nervios, vibrantes y desconcertados, no le permitían ejecutar obra alguna con acierto, ni cortar lo más sencillo por donde señalaba. Pero ¿qué había de sucederle con el trajín de tantas horas y las preocupaciones de tantos días, que le habían puesto la cabeza como una zambomba en ejercicio?

¡Cosa rara!: fueron menores sus desconciertos y más llevaderas sus impresiones, en las proximidades del momento crítico, del instante que más le deslumbraba a él cuando le consideraba desde lejos; y en cuanto se sentó a la mesa del festín, era ya dueño absoluto de sus nervios, de su memoria y de toda su ordinaria y olímpica serenidad. Algo de esto pasa con todo linaje de peligros: parecen más imponentes cuando se piensa en ellos, que cuando se arrostran. El hecho es que el señor marqués, aunque muy débil de fuerzas físicas, entró en la batalla con ánimo sereno y marcial talante.

Ya hemos visto cómo se iba portando en ella. Pero faltaba el lance, el episodio decisivo. También llegó, al sonar el primer taponazo del Champagne. El presidente del Consejo de ministros, que ocupaba el asiento frontero al del anfitrión, se puso de pie y con una copa en la diestra, rebosando de espuma. Comenzaban los brindis.

Aquí fue donde la naturaleza deleznable del marqués sintió ciertas sacudidas eléctricas que le produjeron inevitables alucinaciones y desfallecimientos. Eran de esperarse. ¿Qué cosas le diría aquel «prócer, gigante de la palabra y de la política?» No fueron grandes ni muchas, ciertamente: cuatro frases de cajón enderezadas a ensalzar los merecimientos (que no enumeré) del ilustre anfitrión, para el cargo con que el Gobierno, por un acto de estricta justicia, le había recompensado; otras tantas de felicitación al Gobierno mismo por este rasgo de cordura y de integridad de principios y una ligera alusión a la robusta vitalidad del Gabinete, indignamente presidido por el preopinante, merced a «su política salvadora» y, «ante todo y sobre todo, a la ilimitada confianza con que correspondía a sus sacrificios y desvelos la Corona».

Sin cesar la indispensable salva de aplausos, se alzó el ministro de la Gobernación. Dijo casi lo mismo que su presidente, pero con más sal y pimienta. De ésta dedicó la mayor parte a las impaciencias del partido que se juzgaba heredero inmediato del Poder. Era harto incisivo y mordaz Su Excelencia; y por eso sus flagelantes alusiones al enemigo mortal fueron recibidas con coros de carcajadas y con tempestades de aplausos.

Creyó el Capitán general que era él a quien le tocaba remachar el clavo con que el ministro de la Gobernación había fijado en la picota de sus ironías al insidioso partido «que no reparaba en medios para lograr sus impopulares fines», y se levantó casi airado, y, sin casi, marcial y decidido, a declarar (olvidándose completamente del motivo fundamental del banquete y de la presencia del rumboso obsequiante) que, mientras a su autoridad estuviera encomendada la conservación del orden público en su distrito, ¡ay del insensato que alzara en él siquiera un dedo para alterarle! ¡Ay del temerario que se echara a la calle «con bastardos planes» y los manifestara con una sola palabra, con un gesto siquiera!

Lo cual obligó al ministro de la Guerra después de consagrar cuatro piropos de cortesía al estupefacto anfitrión, a «fijar el alcance de las patrióticas declaraciones, del Capitán general, añadiendo, por su parte, que con un ejército tan leal y disciplinado como el invencible ejército español, particularmente desde que estaba bajo su cuidado y vigilancia, nada tenían que temer los poderes públicos, aun cuando hubiera partidos (que no los había dentro de la legalidad) «capaces de pensar en locas aventuras».