—Y ¿qué es de tu mujer?
—Por ahí anda.
—Poco entusiasmado te veo.
—Todo lo que cabe en justicia... No congeniamos..., como era de esperar. Ella tenía sus resabios de casta, y yo los míos; y como no me gusta incomodarme, poco a poco y con cierta diplomacia nos fuimos restituyendo mutuamente la querida libertad, hasta hacer cada uno la vida que más le agrada.
—¿Tienes hijos?
—Sí, tuve... dos o tres: tres fijamente.
—Es decir, ¿que se te han muerto?
—No he dicho tal: viven los ángeles de Dios, pero con su madre.
—¿Luego no hacéis vida común?
—Hasta cierto punto: bajo el mismo techo, pero con distintas horas y diferentes costumbres. Quise decirte que los chicos están al cuidado de su madre y sin apego maldito a mí.