—Y a propósito de estas cosas, ¿qué ha sido de nuestro contemporáneo Sierra-Calva?
—¡Valiente estúpido!
—Lo fue siempre, bien me acuerdo.
—Pues así acabó.
—¿Ha muerto?
—Valiérale más. Se casó, siendo una criatura, con una huérfana insípida, educada entre monjas.
—Me acuerdo también de ello... Decían que era muy rica.
—Y lo decían con razón. ¡Pues esa fue la madre del borrego! Un casamiento de conveniencia... para él, que ya tenía una mina de oro solamente en lo heredado de su padre. Al año de casado murió su madre. Otro platal a la hucha. Nunca podrás formarte idea de las barbaridades a que se entregó al verse dueño de tanto dinero y de una mujer que no sabía más que rezar y afligirse por los desenfrenos de su marido..., porque fue un cerdo, créeme; un glotón soez de todos los vicios. Tuvo, a los dos años, un hijo medio podrido, que no vivió más que el tiempo necesario para heredar a su madre. Pues hoy Sierra-Calva no tiene que comer si no se lo prestan los amigos.
—Pero ¿en qué lo ha gastado tan pronto?
—Ya te lo he dicho: en barbaridades, en mujeres de desecho, en mamarrachadas de habanero cursi, en francachelas con toreros de invierno y chulas de la peor especie..., en todo lo más bajo y soez que puedas imaginarte... y en jugar. Aquí, aquí, solamente aquí, en este augusto templo que hemos erigido los varones de la sangre azul para dar culto a ciertas nobles necesidades de nuestras refinadas costumbres, le limpiaron un caudal.