Por todo este calvario pasó la mártir sin proferir una palabra en son de resistencia; pero toda su abnegación no alcanzó á evitar que cuando el bárbaro marido la mandó levantar, porque «ya estaba curada,» se encontrara sin fuerzas y sin movimiento, y tan dolorida como si tuviera hechos alheña todos los huesos de su tronco.
Sin embargo, no murió de este mal. El negro destino de la infeliz la reservaba para concluir de un golpe mucho más rudo y de una herida mucho más dolorosa. Y ese golpe vino de donde menos podía esperarse. Llegó á servir á la casa una mujer de Lumiacos, joven todavía y no fea, pero dura de genio y de mirar imperioso. Cualquiera hubiera pensado que no paraba tres días una sirvienta así en una casa donde las más humildes y placenteras no podían resistir dos meses la singular tiranía de aquel amo. Pues sucedió todo lo contrario. Sería por artes diabólicas que Romana trajera ocultas y supiera manejar en hora y lugar convenientes; sería porque no hay hombre tan duro y compacto de madera que, bien estudiado, no tenga su veta débil en alguna parte; sería porque hasta las voluntades más enteras se encogen cuando chocan de improviso con otras que no lo son menos; sería por cualquiera de esos misterios ó aberraciones, que no dejan de abundar en la naturaleza humana; sería, en fin, por lo que se quiera ó por lo que se le antoje al escrupuloso lector; pero ello fué que antes de dos meses de su llegada de Lumiacos, la voz de Romana era la que más recio hablaba en la casona del barrio de la Iglesia del pueblo de Robleces; Romana quien corría con todo «por aliviar á la señora de una carga con que ya no podía;» Romana, en fin, el único sér de cuantos comían el pan amargo de don Baltasar, para quien las leyes de este tirano fueran letra muerta, y las punzantes y crueles chanzas, dulzuras, y hasta prodigalidades la ruindad.
Poco á poco la idea de este predominio en un carácter tan grosero como el de Romana, fué dando sus naturales frutos. Maltrataba á la niña Inés por los motivos más leves, y se atrevía con su ama porque defendía á su hija ó no comía de lo que todos, y la daba demasiado que hacer «con sus golosinas de embuste.» Este y otros descomedimientos aún más ofensivos, llegaron á indignar á Cruz, y un día se quejó de ello á su marido delante de la misma criada; pero el marido se puso de parte de la mozona de Lumiacos, sin una mala atenuación, sin la más insignificante salvedad.
¡Éste sí que fué golpe de muerte! La justicia, el decoro, la candad, la conciencia, el pudor... ¡todo lo había pisoteado y escupido aquel bárbaro, y todo lo había arrojado á los pies de la zafia fregona que se regocijaba en ello!
Por este lado vino la muerte, que se llevó á la infeliz madre en breve tiempo á mejor vida, entre el dolor de sus martirios y el espanto de dejar al pedazo de su corazón bajo la tiranía de aquellos desalmados.
V
CONTINUACIÓN DEL ANTERIOR