Entretanto, la muerte del Gobierno era inevitable. Los diputados que le quedaban fieles, lo eran a causa de haberse visto complacidos en aquello mismo en que habían sido desairados los disidentes. ¿Cómo atraer a éstos y no perder a los otros, no habiendo cebo para todos?

Y el día de la votación avanzaba rápido, a pesar de los subterfugios del Gobierno; y los periódicos se desgañitaban descomponiendo en cifras las fracciones del Congreso. Según el cálculo más lisonjero que podían hacer los ministeriales, el Gobierno iba a ser derrotado ¡por tres miserables votos!

—¿Para cuándo son las pulmonías y los cólicos cerrados?—exclamaba, al leerlo, don Simón en su despacho, y sin pararse ya en barbaridad más o menos.

¿Reflexionaba así el Ministerio? Tal vez; pero no se le traslucía. Nada más fácil a éste que inutilizar media docena de diputados hostiles por medio de otros tantos autos de prisión, o de falsos telegramas que los alejasen de Madrid el día crítico; pero ¿estaba él seguro de que apelando a estos extremos, aunque muy parlamentarios, nada buenos, no le exterminasen las oposiciones otros tantos auxiliares, con una paliza, por ejemplo?

No había, pues, otro remedio que tomar los acontecimientos como se presentaran.

Y llegó así el día fatal; y aunque los cabildeos y la efervescencia no cesaron un instante, y don Simón votó con tal ira y tal ímpetu que arrancó carcajadas a las tribunas, el Gobierno perdió el pleito; y como no tenía a la mano un decreto dado por la regia prerrogativa, dióse por muerto y presentó su dimisión.

Peñascales entonces, creyendo ver un abismo abierto a sus pies, cayó con un síncope, entre la rechifla de las huestes victoriosas.