No cabiéndole el susto en el corazón ni hallando sus pulmones aire bastante en el recinto de su despacho, salió en busca de su familia para desahogar con ella una parte siquiera de la angustia que le asfixiaba; pero no tuvo necesidad de recorrer mucho camino, porque a la mitad de él se tropezó con doña Juana, que venía buscándole, pálida, con la boca abierta, las manos sobre el cogote y los ojos extraviados. Creyéndola enterada del desastre por alguna noticia particular, la dijo con el mayor desaliento:

—¿Conque ya lo sabías?

—¡Hace diez minutos nada más!—respondió doña Juana, trémula y tartamudeando.

—¿Quién te lo contó?

—Nadie.

—No puede ser eso. Alguno te ha dicho ...

—Repito que nadie. Viendo yo que no salía de su cuarto a la hora acostumbrada, fuí allá para ver si estaba enferma. Entro, y no la hallo; la busco por toda la casa, y no parece; llamo a la doncella, y tampoco está en casa; vuelvo a su gabinete, y veo la cama sin deshacer, su ropero en desorden y vacío el cofrecillo de sus alhajas.

—Pero ¿de quién me estás hablando?—gritó el infeliz Peñascales, dominado de pronto por una horrible sospecha.

—De Julieta—respondió con igual asombro doña Juana—; de Julieta, que debe de haber huído de casa anoche o esta mañana muy temprano.... Pues ¿de qué otra cosa venías a hablarme tú?

Doña Juana no obtuvo respuesta a esta pregunta, porque su marido cayó al suelo como un tronco, sin soltar el telegrama que llevaba en la mano. Apoderóse de él doña Juana, por ver si hallaba un poco de luz en tan pavorosa obscuridad; y aunque no comprendió por la lectura de las desvencijadas frases toda la verdad, temió lo más malo; y como en todo era extremosa, se desplomó sobre su marido, formando los dos cuerpos en el suelo un solo montón, y no pequeño.