Don Simón comenzó a obedecer como un recluta, y luego dijo:

—¿Y cree usted que será conveniente que yo pronuncie algún discursito?

—¿Trae usted alguno bien estudiado?

—¡Hombre!, estudiado precisamente ...—repuso don Simón un tanto resentido—. Pero creo que no me saldría del todo mal.

—Pues si es bueno, diga usted poco.

—¿Y el cigarro?

—También de los de la petaca; que para malos, ya los tiene él, como estanquero.

En éstas y otras, y después de trasponer un breñal casi inaccesible y de vadear un río y de saltar tres estacadas, llegó la comitiva a la primera casa del pueblo que se buscaba; la cual casa mostraba lo que era, más bien por el ramo que ostentaba sobre la puerta, que por el rótulo ilegible que se había trazado con almazarrón y alguna escoba, en un lienzo de la fachada.

—Aquí es—dijo don Celso.

Al mismo tiempo apareció a la puerta de la taberna, y la tapó casi toda, un hombre, especie de tonel de grasa, en forma, tamaño y aseo.