Y se dió la orden para que se aparejaran los rocines; y llegó el caso de que los expedicionarios bajaran al portal con las espuelas calzadas; y montaron todos ..., ¡y todavía no se cruzaron entre don Simón y don Recaredo otras palabras que no fueran lisonjas, cumplidos y finezas!

Por fin, al ponerse en marcha la gente en el corral, y teniendo entre las suyas el hidalgo una mano de don Simón, dijo al segundo el primero:

—Crea usted, amigo y señor mío, que mi satisfacción hubiera sido cumplida, si al honor que recibo hospedándole en mi casa, pudiera añadir el placer de servirle en cuanto desea.

—¿Tan invencibles son los obstáculos que se lo impiden a usted, mi señor don Recaredo?—preguntóle don Simón, en tono compungido y casi con lágrimas en los ojos.

—No tanto como de ordinario—respondió el hidalgo—, porque la verdad es que a ninguna elección me he ligado con menos fuerza que a ésta.

—Entonces—repuso don Simón, apretando más y más las manos de don Recaredo—, ¿me será lícito esperar que logre usted romper, o desatar, esos compromisos de tan poca consistencia?

—Para mí, señor don Simón—dijo el hidalgo con cierta solemnidad—, tratándose de compromisos de mi palabra, lo mismo son las ligaduras de hierro que las de estambre.

—Entonces no insisto—replicó don Simón, aflojando su mano hasta soltar las de don Recaredo.

—Vaya usted en la inteligencia—díjole éste con cierta sonrisilla y dando dos pasos atrás—de que para hacer por usted cuanto me fuera posible, bastaban las cartas de sus amigos.

Si esto fué una pulla, jamás se supo, pues don Simón, que era a quien más interesaba averiguarlo, ni lo intentó siquiera; y en cuanto a sus acompañantes, bien cenados, bien dormidos y bien almorzados en casa y a expensas del hidalgo, ¿qué diablo les importaba una frase más o menos, por intencionada que fuese?