—Pues atrévase usted, aquí que no nos oye la patria.

—Luego, es decir, que todo esto de Parlamento ...

—Es una calamidad. Aquí no hay más que ambiciones personales, con las que es imposible todo gobierno.

—Tiene usted mucha razón.

—¡Y siempre sucederá lo mismo!

—De manera que si esto, que es notoriamente malo, se suprimiese ...

—¡Jamás!—gritaba entonces el veterano enardecido.—¡Yo soy muy liberal!

--- ¡Oh, en cuanto a eso, también yo!—replicaba el novel, contoneándose, y hasta mirando con cara de lástima al primer tradicionalista que casualmente pasara a su lado frotándose las manos.

—¡Vivir sin Parlamento es vivir fuera del siglo!, ¡caer en la abyección!

—¡Y en la iznorancia!—concluía, ahuecando la voz, el ilustrado Cerojo, que en su vida había gastado media peseta en libros que no fueran «rayados, para cuentas».