CARTA-PRÓLOGO
Sr. D. Victoriano Suárez.
Madrid.
Mi querido amigo: Persevera usted en la creencia, ya bien antigua en usted, de que mi trágica novelita Pachín González debe incluirse en la colección de mis Obras completas, hasta por gratitud, pues es uno de los libros que, al publicarse, más lectores me conquistó en menos tiempo; y por esta razón sola no merece ciertamente el desaire con que se le castiga, obligándole á vivir hoy fuera de la vida común de familia, descuidada y regalona, que hacen todos sus hermanos de padre.
Á las razones que usted me da para convencerme y convertirme á sus arraigadas creencias, en vano opongo yo otras que conceptúo irrebatibles: por ejemplo, la pequeñez material de la obra, que no dará motivo para un volumen aproximado siquiera al tamaño del más pequeño de la colección de las demás obras, y que aunque lo diera con creces, el éxito venturoso que usted dice haber tenido ese librejo al nacer, bien pudo consistir en lo terrorífico del drama que narra, por desgracia rigorosamente histórico hasta en sus menores detalles, y no á la manera de describirle, con lo cual nada debería yo en buena justicia á esa avidez con que la ha leído el público, ansioso siempre de impresiones hondas y emociones fuertes, como las que produjo aquella horrenda catástrofe en aquel inenarrable día de eterna recordación.
También he alegado por razón la diferencia que va de tiempos á tiempos en el modo de escribir y de pensar desde que yo no escribo ni pienso, amén de que ni por los años que cuento ni por los males que me agobian, estoy ya para meterme en caballerías de esa especie menuda, que en nada se parecerían á las que yo tenía proyectadas cuando aún me permitía Dios andar por el mundo sano y bueno; materia que me parecía más á propósito que esta otra para dar digno fin y remate á mi larga vida de escritor, en la cual, si he aprovechado poco, he visto mucho.
Para mí, la tarea de narrarlo me sería siempre muy entretenida y grata, aunque á las gentes del público les sucediera todo lo contrario, pues al fin y al cabo siempre hallaría en lo primero muy dulce recompensa para el disgusto que me causaría el ver que ya no me entendían los lectores al hablarles en nuestra lengua común de unas cosas que, aunque yo las consideraba como cosas suyas también, no lo eran por lo visto.
En fin, que usted, que siempre me quiso de veras, alegando de continuo por la entrada de Pachín González en la colección, y yo amontonando razones en contrario, incluso la de que cuando Dios había querido apartarme tan inopinadamente de todos los ruidos y vanidades de la vida, como lo ha hecho, por algo habrá sido ello, llegó usted á proponerme, como transacción del caso litigioso, la pequeñez del libro; que rebuscando yo mis cajones y cartapacios viera si quedaba en el fondo de ellos algo inédito ó poco conocido, siquiera, del público que me ha leído hasta hoy, y que con lo que de ello me disgustara menos, añadiera algo que engordara el libro y le hiciera publicable, y así lo hice con el más firme propósito y en obsequio á usted, que tanto lo deseaba.
En cuanto á las murmuraciones del público con motivo de esta calaveradilla mía, tan poco en consonancia con mi edad y estado lamentable de salud, usted cargaba con toda la responsabilidad de ello, pues para eso «tenía buenas espaldas», y yo, que nada puedo ni sé negar á la inagotable bondad de usted conmigo, accedí á lo que deseaba; y por eso se publica este libro, que para los que bien me quieran no tendrá otro mérito que el de ser el último que dé á luz su moribundo amigo que le abraza.