Descendí del estribo porque se oyó la señal de que se acababa el tiempo de parada allí; entré de nuevo en mi departamento; volvió el tren á deslizarse sobre sus carriles, y volví yo á pensar en lo que pensaría aquel hombre que iba aproximándose poco á poco al término de su viaje y de su vida. Haríamos el mismo camino hasta la estación de T... Allí tomaría yo el de mi lugar, hacia el nordeste; el más largo, ó el más corto; el que me conviniera más; y él... el que le señalaran, hacia el oeste, para llegar cuanto antes á su triste paradero... ¡Y hasta la eternidad!
En la estación de T... podría yo verle y contemplarle á todo mi gusto, pues habría tiempo y comodidad para ello: era ocioso bajar en las otras dos intermedias, y encaramarme en el estribo y mortificar tantas veces al desgraciado con la impertinencia de mi fisgoneo. Sin embargo, en ambas me bajé, y en ambas hice lo mismo que en la primera, y siempre encontré al reo en la misma postura, con las manos atadas descansando sobre los muslos, y la cara vuelta al lado opuesto al andén. No había duda: me arrastraba el misterio y me atraía el abismo.
Al fin llegamos á la estación de T..., donde quedó casi desocupado el tren, que era, según la jerga de la compañía, corto, es decir, de los que no pasan de los límites de la provincia, con un andar de carromato. Por eso invirtió dos horas en un trayecto de cuatro leguas; y cuando llegamos á su término, se había elevado el sol por encima de los montes; y desde un cielo limpio, azul, barrido de toda señal de nube, alumbraba con su luz esplendorosa cuanto abarcaba la vista desde aquellas alturas: uno de los panoramas más hermosos que pueden admirarse en la montaña, la tierra de las grandes maravillas de la naturaleza. El coche en que iba el reo había quedado fuera del andén contiguo á la estación y enfrente de un jardincillo muy cercano de ella; y no hubo viajero que no desfilara por delante de él antes de entregar su billete en la puerta de salida. Esta peregrinación, que tenía no poco de solemne, duró algunos minutos. Yo no tomé parte en ella porque me reservaba para ver á mi hombre fuera del carruaje... como le vi poco después.
No sé cuándo ni cómo bajó ó le bajaron, porque, al volverme hacia aquel lado en uno de los maquinales paseos que me daba por delante del coche en que había llegado yo, toparon mis ojos con él, encarado á mí, de pie y como clavado en el suelo, como tronco de árbol desmochado que hubiera nacido allí: fijo, inmóvil, en una actitud y con una expresión en la cara imposibles de olvidar. Le daba el sol un poco de soslayo; y sobre el suelo arenoso, casi dorado, en que se alzaba la masa negra de su cuerpo, se dibujaba su sombra, que iba á perderse entre la hojarasca verde y las flores olorosas del jardín. Los cuatro guardias iban y venían y andaban á su lado de acá para allá; y no faltaban curiosos, como yo, que le contemplaban desde cierta distancia respetuosa; pero de nada de ello parecía enterarse él, cuya mirada, profundamente melancólica, se desvanecía en lo invisible... Ni un gesto; ni la contracción más ligera de un músculo de su cara lívida, algo inclinada al pecho; ni la más leve señal de que latiera la sangre en sus arterias. Era la verdadera estatua del desconsuelo, de las grandes melancolías, del mayor de los desamparos. En esto cayó á sus pies un saco á medio henchir, con la boca amarrada con un cordel. Era su petate: los cuatro guiñapos de su equipo. Tampoco se fijó en ello. ¿Para qué, ni aunque el saco hubiera estado lleno de perlas y diamantes? Porque era indudable que aquel hombre conocía entonces la terrible verdad, ó por habérsela revelado en el camino indiscreciones como la del muchacho de marras, ó porque la adivinaba ó la presentía. Era incompatible con la menor esperanza de vivir, aquélla su imponente expresión de desconsuelo: sólo la certeza de que le conducían á la muerte, y en un cadalso afrentoso, podía imprimir en su naturaleza medio salvaje aquel sello de acerbísimo dolor moral, devorado por la conciencia de merecerle... Y en derredor del desdichado, como dispuesto por la crueldad de su mala fortuna, si es que no lo disponía la justicia de Dios para mayor castigo suyo, ¡qué espectáculo! Nunca he pasado por allí sin detenerme largo rato para dársele á mis ojos por recreo; pero no recuerdo haberle visto jamás tan admirable como le vi en aquella tan señalada ocasión; y es que rara vez se logran, en esta tierra de los celajes grises y de los húmedos vendavales, un cielo tan limpio, tan azul; un sol tan vivo y resplandeciente, y una tranquilidad y un reposo en la naturaleza, como aquel día. Abajo, en el llano, empalmando con el breve recuesto que da acceso á la estación, el largo arrecife entre alamedas, robledales, praderas y caseríos; más allá, al fin de la alameda, la masa roja de los primeros tejados de la villa que da nombre á la estación, la segunda capital de la montaña, no sólo por su riqueza, sino por su hermosura: la reina y la señora de la admirable vega, en uno de cuyos contornos asienta el trono de su señorío; después de la vega, que se pierde de vista á derecha é izquierda entre montes y cerros, la cuenca del río entoldada de espesa vegetación, entre la cual se destacan las notas blancas de los pueblecillos ribereños; luego otro valle, más bien adivinado que visto á través de las manchas diáfanas del arbolado desnudo y de las veladuras del humo blanquecino arrojado en espirales por las chimeneas de las barriadas; y á un lado y á otro de estos valles deliciosos, más sierras y más montes escalonados y sarpullidos de aldehuelas... hasta que termina y cierra el panorama por aquel extremo un monte pedregoso que sirve de barrera, por el norte, á las aguas inquietas del océano, y por el oeste, erguidos sobre una gradería de altos y negros montes, los dos colosos de la cordillera cantábrica: Peña Sagra y los Picos de Europa, ya cubiertos de nieve, iluminados de frente por el sol y recortando los gallardos florones de su corona con el intenso azul del cielo.
Pues en este espectáculo, siempre nuevo y admirable para mí, hallaba yo aquella mañana un atractivo singular que, en definitiva, me mortificaba mucho: por de pronto, el contraste que formaba su hermosura, convidando á regocijarse y á vivir, con el estado moral de aquel hombre que le tenía tan cerca, sin reparar en él, ó sin atreverse á mirarle; pero singularmente porque en lo más grandioso del cuadro, en uno de los repliegues de la falda de los Picos, estaba el término de su viaje: allí había nacido, allí había cometido el crimen, y allí había de expiarle por la mano del verdugo. Por embrutecido que tuviera el entendimiento, era imposible que no le hubieran entrado en él estas reflexiones al fijar la vista un instante en aquel lado del panorama, ó al saber que, desde el punto en que se hallaba, le tenía delante de los ojos; y á poco que se le fueran eslabonando las ideas en el cerebro, había de asaltarle la visión de su hogar y de los seres que le habitaban; pensaría que eran sabedores de su viaje y de lo que había de acontecerle en cuanto le terminara, y los vería á todos huyendo en busca de un escondite fuera del lugar: un agujero, una caverna en el monte, para ocultarse y morir allí de dolor y de vergüenza. Si no pensó entonces de este modo aquel criminal, yo lo leí en su cara, cuya expresión se acomodaba exactamente á estos pensamientos; y por eso, por lo que padecería él pensando de ese modo, padecía yo al poner los ojos en lo que tantas veces me los había recreado; y hubiera preferido á aquella luz tan brillante, á aquella augusta placidez de la naturaleza, á aquellos aromas vivificantes de la húmeda tierra acariciada por el sol, á aquel cuadro, en fin, tan despertador de todos los alicientes más nobles de la vida, un día ceniciento y borrrascoso, de los que menos influyen en las imaginaciones adormiladas y en los entendimientos incultos. ¿Quién duda del poder que ejercen los agentes externos en el ánimo de ciertos hombres... y aun en el de toda casta de ellos?...
Andando en estas y otras meditaciones análogas, y sin apartar la vista del reo, que tan profundamente me iba contaminando de sus tristezas, enderezóse de pronto, como si saliera de un letargo, y, al mandato de los guardias que le custodiaban, rompió su marcha con paso firme hacia la puerta de salida, á la cual me acerqué yo para verle más de cerca.
Fuera ya de la estación, no le condujeron por la carretera que de ella arranca en dos ramales curvos, sino á campo travieso por el serrato intermedio, que entonces estaba en abertal. Desde mi observatorio le vi bajar á buen paso y saltando matorros alguna vez, y le seguí con la vista hasta que desapareció entre los edificios y bardales del entrellano. Entonces recordé que me esperaba el carruaje; monté en él, con el pensamiento fijo tenazmente en aquel desdichado; y al cabo de media hora llegué á mi casa, sin perder la visión del criminal con las manos atadas, pálido y angustiado el semblante, y de pie é inmóvil entre el jardincillo de la estación y el tren que nos había conducido á los dos.
¡Cosa rara! Desde que supe que viajaba con él hasta que desapareció de mi vista en el camino de T..., ni una vez sola puse la consideración en el crimen que había cometido: siempre fueron sentimientos de lástima los que me inspiraron su recuerdo ó su presencia. El corazón humano es así, más propenso á compadecerse que á castigar delante de un delincuente arrepentido. Y lo cierto es que en la necesidad de que flaquee en algún sentido: ese órgano, que, en opinión de un grande hombre que fué á la vez un gran tirano, es el que gobierna el mundo, más vale que flaquee de ese lado. Digo esto, porque precisamente por ello, ó por algo semejante, comencé yo, al cabo de algunas horas y en las soledades de mi huerto, á ingerirme en otro orden de ideas para descargar el espíritu de aquella fatigosa obsesión compasiva.
¿Merece ese hombre—llegué á preguntarme,—los malos ratos que me está dando? ¿Puede concebirse nada más abominable ni más merecedor del castigo que le aguarda, que el crimen que cometió? Bien está la misericordia, y hasta es de ley divina en todo corazón cristiano; pero ¿y la justicia? ¿y aquella pobre víctima tan bárbaramente sacrificada? ¿y aquella alevosía y aquella ferocidad más propias de un tigre que de un hombre? ¿Qué derecho tiene á la vida el que mata á sangre fría y por lujo de maldad? ¿No se persigue hasta el exterminio á las fieras que hacen eso? ¿Y no son fieras los hombres en tales casos? ¿Y la ejemplaridad del patíbulo, y...? En fin, que insensiblemente me fuí colando en las sinuosidades de la sempiterna disputa sobre la pena de muerte, cosa que no era de mi gusto, y por eso torcí de rumbo en cuanto caí en ello; porque lo que yo necesitaba entonces con urgencia no había de hallarlo entre la seca y fría argumentación del raciocinio, sino en las fuentes espontáneas y generosas del sentimiento. Con esta bien fundada esperanza, me puse á reconstruir en la imaginación el crimen de autos, tal como le conservaba en la memoria, y constaba en ellos bien comprobado y hasta referido por el mismo criminal.
Cierto día, un convecino suyo, hombre ya muy entrado en años y padre de varios hijos, fué á vender no sé qué frutos en su carro de bueyes á una feria que se celebraba en otro pueblo de la misma comarca. Un camino solitario y muy asomado con frecuencia á grandes precipicios, separaba á los dos pueblos. De vuelta de la feria este hombre, al anochecer y con el carro vacío, le salió al encuentro, en uno de los parajes más desamparados del camino, el mocetón de mi historia, su amigo y convecino, nunca sospechoso á nadie, y muy á menudo objeto de las zumbas de muchos, porque, si pecaba de algo, era de bobalicón y de zángano. El caso fué que los dos convecinos se saludaron á su modo, y hasta empezaron á entrar en conversación, á carro parado. De pronto el mozallón descarga un tremendo garrotazo en la cabeza del feriante y le tiende en el suelo, donde acaba su labor machacándole el cráneo con dos piedras. Después le registra los bolsillos; encuentra en uno de ellos el puñado de dinero que le había valido «su pobreza», y, por último, arroja el cadáver, sangriento y palpitante aún, al precipicio inmediato. En seguida se encarama en la pértiga del carro, husmea y rebusca con los ojos y las manos entre la hierba esparcida sobre el tablero, y no halla otra cosa que los restos de la merienda de su víctima: unos míseros fiambres y unos mendrugos de pan envueltos en un pañuelo; apodérase también de estos relieves mezquinos, y se los come tranquilamente, sentado, á su comodidad, en la rabera de la pértiga. Cuando no queda ni una hebra ni una miga de todo ello, se endereza, arrea á los bueyes para arrimar al asomo el carro; y después que lo ha conseguido, aplica á la rueda del otro lado todas las fuerzas de su corpazo, y le vuelca sobre el precipicio. Con esta precaución, considera borradas las huellas de su crimen. Un carretero despeñado en el fondo de un derrumbadero, y su carro volcado en lo alto y pendiente del yugo de los bueyes parados á la orilla, no son cosa del otro jueves en aquellas regiones escabrosas: el espanto repentino de una bestia, yendo dormido su conductor, basta y sobra para ocasionar una desgracia semejante. Y con esto se volvió, libre de toda intranquilidad y de toda pena, á su pueblo y á su casa.