—¡Qué gracias ni que calabazas, hombre!... Conozco á Madrid á palmos; no tengo en estos primeros días maldita la cosa que hacer, porque del destinillo de temporero que se me ha proporcionado en una empresa particular, no puedo tomar posesión hasta mediados de mes, por no dejarle hasta entonces el sujeto que hoy le desempeña; y, por último, tendría un grandísimo placer en servirle á usted de algo... y aquí estoy á su disposición.
Si en estas fervorosas declaraciones no entraba para nada la circunstancia de mi supuesta intimidad con el señor de Valenzuela, la conducta de don Serafín era por todo extremo digna de mi mayor gratitud.
—¿Y Carmen?—le pregunté.
—Tan buena y tan guapa—me respondió;—quiero decir, tan alegre y entretenida, arreglando los cuatro cachivaches de nuestra casita... que es de usted también.
—No he olvidado la oferta, señor don Serafín; y sepa usted que si no he ido á visitarlos ya, es porque no he tenido tiempo.
—¡Calabaza! pues si llegó usted ayer, y es además forastero en la corte... Pero más días hay que longanizas; y sépase usted que tanto Carmen como yo contamos con la visita.
—Ahora mismo, si usted quiere, voy á pagar con el mayor gusto esa deuda de cortesía.
—Poco á poco, señor don Pedro: hoy no está mi casa en disposición de que la honren personas tan distinguidas como usted.
—¡Señor don Serafín!...
—La verdad pura, amiguito: nunca me perdonaría Carmen que yo le permitiera á usted asaltar hoy nuestro chiribitil.