Yo mismo cogí el farol que estaba encendido desde mucho antes por un lujo de precauciones tomadas a falta de cosa mejor y más tranquilizadora en que ocuparme, y bajé de tres en tres los peldaños de la escalera; llegué al portón al mismo tiempo que se repetían en él los garrotazos, y con mano torpe y acelerada solté el barrote que le aseguraba por dentro, destranqué y abrí. Dos bultos aguardaban afuera. Levanté el farol para reconocerlos antes de dejarlos entrar, y conocí ¡Dios misericordioso! a Neluco y a Chisco... También Canelo estaba allí, acurrucado. Entraron, me abalancé a ellos y los abracé casi llorando de alegría. ¡Pero en qué estado se hallaban! Chisco, macilento, desalentado, con la cabeza vendada y un brazo en cabestrillo. Neluco, despeado y lacio; y los dos empapados en agua de pies a cabeza, yertos, amoratados de frío... Invadiéronme de nuevo los sobresaltos y las inquietudes, y les pregunté con un miedo horrible a las respuestas:

—¿Y don Sabas?

—Bueno—me respondió Neluco con voz empañada.

—¿Y Pito Salces?

—También.

—¿Y Pepazos?

—¡Por el amor de Dios!—interrumpió el médico empujándome hacia el fondo del estragal—. Ropa seca y un poco de lumbre para mí, y una cama para éste, antes de todo; y calentándonos hablaremos después.

—Es que está mi tío en la cocina—repliqué temiendo que no pudiera decirse delante de él todo lo que Neluco tuviera que contar.

—No importa—respondió impaciente y andando, llevándose por delante a Chisco que parecía insensible a cuanto le rodeaba.

Cerró Facia el portón, y subimos todos.