—¡Ay, señor!—me respondió sollozando—; aunque no lo hubiera estau entoncis, que bien lo estuve, ¡he tenío tantos motivos pa estarlu dimpués acá!
—Corriente—añadí—. Pero ¿de dónde venía... y para qué... y por qué?
—Pos venía, según relate que me jizo con aquel palabrear zalameru que siempre tuvo y a mí me entonteció en su día, de por esus mundus ayá; lejos, ¡muy lejos!... hasta más lejos, a veces, que la otra banda. Ya ve usté si será bien lejos. Siempre buscándose el bien vivir, y nunca dando con él. Llegó a verse hasta en cadenas, años y años, aunque nunca por culpa suya, sino de otros, malos amigos y piores compañerus de trabajo. Al cabo de los tiempos, alcontróse libre de prisiones y señor de sí mesmo; pero se vio solo y desamparado, envejecío de cuerpo y falto de salú; le jalaba esta tierra porque, al cabo y finiquito, aquí le quedaban peazos de las sus entrañas; y en busca del amparo de eyus le puso el su corazón que no le mentía. Tomando lenguas a tiempo, supo de mí... ¡ay, señor don Marcelo! creo que hasta más de lo que sé yo mesma. Por saber de too, sabía desde que me lo había oído a mí en horas mejores, aunque bien contás fueron, que el señor mi amo entrega a sus sirvientis las soldás de tiempo en tiempo, pa que hagamus de eyas lo que más nos venga en gusto. Con este saber y el del vivir de nusotras dos, traía el indino de él ajustá la cuenta, año por año y día por día, del montante del agorro que yo debía guardar, y guardaba en verdá de Dios, como oro en paño, pa el mejor acomodo de mi Tona el día de mañana. No quería darse a ver por entonces en el pueblo; pero vivía en otro no muy lejanu y podíamos entendernos él y yo muy a menudo si el caso lo pedía.
Hasta aquí fue lo dulce de la entrevista, según el relato de Facia. Para la pintura de lo amargo de ella y mucho de lo sucedido después, ya no tuvo la infeliz relatora ni colores ni arte ni fuerzas. Perdía el hilo de los sucesos y me embrollaba el asunto. Deseando yo conocerle a fondo y por derecho, acudí a confortarla y a dirigirla con reflexiones de cariño y con preguntas de indagación minuciosa. Me salió bien el procedimiento, y la sustancia de mi labor fue ésta:
Bien ajustada por el marido la cuenta de los haberes de su mujer, vino la exigencia del primer «donativo». Por entonces tenía bastante con ello; después, ya se vería. Facia no lo traería a mano, porque no contaba al ir a la fuente con aquella urgencia repentina; pero él se comprometía a volver a recogerlo allí mismo al día siguiente a la misma hora, y era igual. Si ella deseaba callarse como una muerta en lo tocante a aquel encuentro y a lo que fuera siguiéndose de él «por respetos equis o tales» el hombre no se opondría a ello, porque era «de un natural caballero y generoso, y sabía ponerse en todos los casos». Pero debía de tener Facia entendido (y le encarecía mucho la advertencia, por su bien) que él, con las carceladas y cadenas que había sufrido, tenía saldadas todas sus cuentas con la justicia. Era libre como el aire, y estaba en posesión de todos sus derechos, incluso el de vivir con su mujer o el de reclamar a su hija para llevársela consigo, si lo primero no le convenía. Si la decían otra cosa por lo de las requisitorias llegadas a Tablanca a raíz de faltar él de allí, no le dirían la verdad: primero, porque era inocente de todo lo que se le achacaba; y segundo, porque, aunque no lo fuera, pagado con sobras lo tenía ya en montón con otros pecados... que tampoco había cometido. Pero él (volvía a repetirlo) no intentaría prevalerse de su derecho: conocía las cosas, y no se apartaría del gusto de su mujer, si le tenía en que lo tapado no se descubriese ni por las moscas. Así, y con este sacrificio de su parte, podía llegarse también a los fines que él iba buscando con su vuelta a Tablanca.
Para la desdichada mujer, que ya se había considerado libre de aquel padrón de afrenta, y sólo aspiraba a que en el pueblo se fuera olvidando, como se olvidaba, que había existido, y a que su hija no tuviera jamás la menor sospecha de él, la aparición repentina de aquel hombre superaba con mucho a todo cuanto podía imaginarse en la escala de las humanas desventuras. Creyó a puño cerrado cuanto el pícaro la afirmó, y desde aquel instante quedó indefensa esclava suya, como el pájaro de la sierpe que le fascina y aterra. La hacienda, la vida: todo le parecía poco para comprar el silencio del infame y poner entre él y su hija un muro tal, que ni las águilas fueran capaces de volar tan alto.
Y todo se fue haciendo como el bribón lo pedía. En la fuente y al anochecer, las entrevistas; y en cada entrevista, un «donativo» de Facia y nuevas baladronadas del tunante sobre el sacrificio que hacía por el bien y el sosiego de su «familia», viviendo sin hogar y a salto de mata. Como su «prestado domicilio» estaba lejos de Tablanca (aunque tenía para las ocasiones de apuro «un apeadero» a la mitad del camino, bien abrigado de los temporales y a cubierto de la curiosidad de las gentes), las apariciones del hombre aquél sólo ocurrían en tiempo bonancible; y de aquí lo que angustiaban a Facia los días soleados y lo que la deleitaban los borrascosos, pues aunque no eran diarias, ni mucho menos, las entrevistas en los primeros, se hacían imposibles en los segundos.
Uva a uva, pronto se acabó el racimo de los ahorros de la desventurada mujer; y cuando ya nada la quedó que ofrecer a la insaciable voracidad del vampiro, comenzó éste a esbozar otras exigencias que tardó en comprender el ofuscado y nunca muy sutil entendimiento de Facia.
Cuando llegó a comprenderlas por declararlas el otro sin ambages ni repulgos, las angustias de la desventurada fueron tales, que le parecieron de juego las sufridas hasta allí. Él no podía, en conciencia, conformarse con la miseria recibida de su mujer. Su abnegación y sus sacrificios en bien de la tranquilidad de su «adorada familia» valían mucho más, y había que buscarlo donde lo hubiera; y como lo había abundante en casa de su amo, de mi tío, de allí había de salir, y mucho, y enseguida, y con el ingenio y por la mano de su misma sirviente, de la propia Facia. Sentía muchísimo llevar las cosas por ese lado y tan de prisa; pero la pícara necesidad le obligaba a ello. Era, ante todo, leal y agradecido, y debía grandes favores, que quería pagar, a otros dos caballeros que habían compartido con él sus trabajos de presidio y no le habían abandonado después hasta el momento en que así lo declaraba.
Aquí me asaltó de pronto un recuerdo, y pedí a Facia las señas «particulares» de su marido. Comenzó por la de un chirlo en la cara que le partía un ojo y la nariz, y no necesité de las restantes para dar por conocido al personaje. Sin descubrirle mis sospechas, la reprendí duramente por haberme ocultado hasta entonces lo que me estaba declarando. A él, más que a ella, le importaba callar, porque tenía grandes cuentas pendientes con la justicia. Todo lo que la había dicho en contrario, era un embuste para explotar su candorosa ignorancia. Se le podía haber cogido en una de sus emboscadas, como a un zorro en el cepo, como se le cogería de seguro si aún andaba por allí...