—¡Demonios!—repliqué—. Pero serán más bajos los montes...

—Tampoco da en el jitu ahora—me contestó el arrastrado con una flema desesperante—, porque son hasta más altus; sólo que están más «tupíus»... más arrimaus unus a otrus.

—Pues entonces—exclamé hasta con ira—, ¿en qué está la ventaja de tu valle sobre este puerto, alma de cántaro?

—Pos la ventaja del nuestru vayi está—contestóme Chisco dulce y sonriente—, en que es de suyu más terreñu y más... vamus, más... Por últimu, ya verá lo que es el nuestru vayi; y si no le paez puntu menos que la gloria, no sé yo lo que sea cosa buena.

Convencido de que cuanto más ahondara en el informante, más negros habían de salirme los informes que buscaba, y deseando perder de vista cuanto antes aquel cuadro de desolación, dije al espolique:

—Y ahora ¿por dónde tomamos?

—Tou por derechu—me respondió.

—Pues hala, y a buen andar, si puedes.

—¡Jorria!—exclamó Chisco comenzando a descender la otra ladera con igual frescura que si no se hubiera movido hasta entonces. Seguíle yo sin titubear; y al verme luego en las honduras de aquel inmenso barranco, me pareció que se quebraba el último vínculo que me ligaba al mundo que yo conocía.

Estábamos indudablemente, si no en el corazón, en una de las vísceras más considerables de la cordillera. ¡Y en otra víscera por el estilo se escondería mi nuevo hogar!... ¡Santo Dios, en qué empresa me había arrojado un momento de sensiblería humanitaria! Por ver de todo, se podía ver hasta aquella espantosa desolación; ¡pero habitar allí!...