—¡Ni aunque fuera el caso de llorar!—me respondió cambiando de postura en la silla—. ¡Vaya, que es buena! ¡Pues dígole que ni estampado en un papel! Eso, mi señor don Marcelo, es pasarse ya del jito con más de otro tanto de lo justo... y no vale. ¡Vaya, vaya, que es ocurrencia!

—Esto es, Lituca, poner el dedo sobre la llaga, ni más ni menos, y llamar las cosas por sus nombres, por más que usted aparente creer lo contrario para escurrir el bulto... y dispénseme la llaneza.

—Pero si no ha llegado ese caso, trapacerón del diantre, ¿cómo quier que yo le responda?

—En el supuesto de que haya llegado hice a usted la pregunta.

—Pero usted sabe mejor que yo lo que va del dicho al hecho.

—Es verdad que lo sé, no mejor, sino, por las trazas, tan bien como usted; y a pesar de ello, insisto en la pregunta, dejándonos de eventualidades más o menos posibles o probables y colocándonos en lo real y positivo y hacedero. Y así, pregunto otra vez: hoy por hoy, en este mismo instante, tal como usted es, tal como usted piensa y siente, ¿a cuál de los susodichos pretendientes elegiría? ¿Con cuál de ellos cree usted, hoy por hoy, en este instante, que sería más feliz teniéndole por marido?

—¡Pero, la mi Madre celeste!... ¡Mire que es tema el de este hombre de Satanás! ¿Cómo he de decirle yo esas cosas?

—Como se dicen otras, Lituca...

—Pues ya se lo dije endenantes, y bien a las claras.

—Y bien a las claras respondí a usted que aquello era pedir imposibles.