—Los vínculos... matrimoniales, vamos—le interrumpí—. ¿A qué andarnos con metáforas?

—Cabalmente—replicó el médico.

—Pues lo dicho—añadí yo—. Está usted pensando con mi propio caletre y hablando con mi misma lengua. También se me había ocurrido esa salida un momento hace.

—¿En serio?

—O en hipótesis.

—No es lo mismo. ¿Y por qué no ha de habérsele ocurrido en serio? Está usted en la mejor edad para casarse, es rico, ha corrido el mundo, tiene la experiencia de él, está huérfano y solo y a centenares de leguas del único deudo cercano que le queda, y tan sobrado de caudales como usted. ¿Para qué demonios quiere el suyo y la larga vida que tiene por delante, sino para reconstruir la familia que ha perdido y dejar en la tierra, cuando la abandone para siempre, alguien que le cierre los ojos con cariño y le llore de todo corazón?

—Y usted—respondí a Neluco medio en serio y medio en chanza—, que ve y siente todas esas cosas tan bonitas, que yo no veo ni echo en falta, como de urgente necesidad, ¿por qué no me ha dado ya el ejemplo?

—Porque son casos muy distintos el de usted y el mío, señor don Marcelo—díjome a esto Neluco—. Yo empiezo a vivir ahora, necesito trabajar, y trabajar mucho, para ganar el pedazo de pan que como; y además, ni me aburro en la soledad en que vegeto, ni me tientan, como a usted, las seducciones de «allá afuera», ni conmigo ha de extinguirse mi apellido aunque yo muera solterón... ¡Pero si me viera en el pellejo de usted!...

—Con verte y sin verte de ese modo—dije yo para mí, contemplando al médico con ojos de malicia—, no has de tardar mucho en caer del lado a que te inclinas, marrullero—y añadí en voz alta—: Pues supongamos, amigo Neluco, que yo, por pensar como piensa usted, o por vocación verdadera, o por eso que se llama razón de estado, resuelvo casarme... para vivir aquí, por supuesto, aunque no sea perpetuamente. Natural es que yo busque una compañera adecuada a mis condiciones... Y en este caso, ¿me quiere usted decir, señor casamentero, con qué cara ni con qué conciencia ofrezco yo a ninguna mujer, entre todas las que conozco, este presidio por recompensa de la dicha que yo voy buscando en el intento de casarme con ella?

—¡Pues eso sólo le faltaba a usted!—exclamó aquí Neluco llevándose las manos a la cabeza, como yo me las había llevado poco antes y con el propio motivo—. Con una compañera de esa estofa no viviría usted aquí en santa paz media semana. Mil veces peor que la enfermedad sería la medicina.