Todo el pueblo concurre a aquella vasta y empingorotada pradera, vestido de gala, para la designación de «partidores», bajo la presidencia del «regidor» competente; y es de ver cómo aquellos «funcionarios», después de decirles el regidor, descubriéndose la cabeza: «Hablen los partidores», con una varita en la mano y sin saber una jota de geometría ni de problemas de triangulación, van demarcando con equidad admirable las «hazas» o suertes correspondientes a todo el vecindario; cómo se sortean las hazas por grupos de cierto número de vecinos; cómo suben antes de amanecer los designados para el día, y siegan la yerba y la orean y la bajan al pueblo en el día mismo, en «basnas» (especie de narrias), conteniéndolas en su descenso por el declive rápido del monte, una pareja de bueyes enganchada detrás de cada basna, y cómo se continúa esta patriarcal faena durante una semana, sin una sola protesta, por no haber un solo perjudicado en la repartición, y cómo se colman los parajes de Tablanca de aquel heno finísimo, sustancioso y fragante, que es una verdadera riqueza para el valle, cuyos hermosos ganados tienen bien merecida fama de ser los mejores de la provincia.

Después de esta bulliciosa solemnidad, que removió al vecindario entero y le dejó rendido por la doble fatiga de los jolgorios y del trabajo, dispuse yo el casamiento de Tona con Pito Salces. No se podía ya con aquel bárbaro, que no cesaba de rogarme, con la cabeza gacha, los ojos cerrados y sobándose las manos, que acabara de dar licencia a la mozona para «echar aqueyu a un lau, cuanti más antes».

Enseguida abordé a Chisco, le conté el caso y le dije:

—Y tú ¿te resuelves o no te resuelves a lo mismo?

A lo que el mozallón me respondió primero con una sonrisilla algo truhanesca, y después con estas palabras, dichas con el mayor sosiego:

—Pues me he risueltu... a que no.

—¿Después de pensarlo bien?—le pregunté.

—¡Vaya!—me contestó echando un poco atrás la cabeza y metiendo las puntas de sus manos en los bolsillos del pantalón. Y luego añadió en su estilo dulce y reposado—: Cuando juí probe, me cerraban las puertas los mesmus que me las abren ahora en «parracil», porque ya soy hombri de caudalis; y esu de que a unu se le estimi por lo que tien y no por lo que él vali de por sí mesmu... ¡jorria! a otru con la tostá, que yo ya soy zorru vieju; y como mayormenti a mí no me apuran tampocu esas cosas... con tal de que a usté no le estorbi yo en la casona con el mi trabaju, pa largu tien sirvienti placenteru.

Congratuléme de ello muchísimo, por la cuenta que me tenía conservar un criado de las raras prendas de aquél... y precisamente al otro día de este suceso fue cuando yo «la hice» redonda.

Hallábame con Neluco en el gabinete, cuyas obras principales estaban ya terminadas, y nos ocupábamos los dos en desembalar cosas de las muchas que había traído yo de Madrid para decorarle, mientras se oía el machaqueo y los cánticos a la sordina de los obreros en las piezas inmediatas, hasta la escalera inclusive, cuando se me puso delante toda la familia de don Pedro Nolasco, que, con el atractivo de las obras, subía con frecuencia a la casona, aunque no tanto como el médico y el Cura, que no faltaban de ella un solo día. Estaba la tarde calurosa, y Lituca estrenaba un vestido de percal blanco con rayas azules; con el cual, unos zapatines escotados, un capullo de rosa en el pelo junto a la oreja, y una penquita de brezo florido en la boca, resultaba verdaderamente hechicera. Encima de las cajas a medio abrir; sobre la meseta de mármol de la chimenea, construida frente a la puerta; en el zócalo de la artística embocadura con que se había sustituido el tabique divisorio de la alcoba, y arrimadas a los ángulos de la habitación, había piezas desarrolladas de rico papel imitando tapicería, y relucían adornos de metal y baquetones dorados... ¡María Santísima, las exclamaciones que hizo Mari Pepa al verlo, pensando que aquello valía una riqueza, sin contar lo mucho que le gustaba!