Y entonces me fijé yo en que debajo de las zapatillas calzaba medias alagartadas, verdes, con grandes pintas negras.

—Eso es lo único que te afea, salvo la cara—díjole mi tío serenamente—: el genial... En ese punto eres una jabalina celosa, a lo mejor de una chanza. Salimos de una chamusquina, y ya te quieres meter en otra...

—¡Barájolas!—exclamó don Pedro Nolasco santiguándose—. ¿Ustedes han visto otra como ella? Trapalón de los demonios, ¿pues me he metido yo contigo ni tanto así, desde que se acabó lo otro?

Mi tío no le hizo caso, y me preguntó a mí:

—¿Le has visto ya bien? Pues con esas cerdas y todo, es el vecino más noblón del pueblo y el mejor amigo de sus amigos, y además es uva de la nuestra cepa. Lleva el corazón en la mano, y dará la piel cuando no tenga capa que partir con el pobre. Te lo digo yo, Marmitón de los demonios, aunque me pegues—añadió encarándose con el gigante—; te lo digo yo, ¡cuartajo!, yo, que tengo buenas pruebas de ser verdad: y te lo digo con el alma y vida. Si quieres creerme, me crees, y si no, peor para ti. ¿No es así, Cura?

Est Deus in nobis—respondió éste moviendo la cabeza de un lado a otro, como quien afirma algo bueno que es además indiscutible—. No hay que darle vueltas, est Deus in nobis, semper et ubique. Y si no fuera así, pobres de nosotros a cada chapucería de las que arma Satanás en las disputas de los hombres.

—Pues bueno—repuso mi tío volviéndose hacia su amigo que no chistaba ni se movía, con los ojazos clavados en la lumbre—. Ahora quiero que te quedes a cenar con nosotros, no por mí, que no lo merezco, sino por honrar a mi sobrino.

—¡A buen tiempo!—murmuró el gigante revolviendo un poco la mirada hacia don Celso y descargando mucho los celajes de su faz.

—¿Lo dices porque has cenado ya?—le replicó mi tío.

—Naturalmente.