—¿Jacia ónde?—me preguntó él a su vez.
—Pues... hacia... hacia fuera, hacia el mundo, vamos—respondíle yo aturullado como un chicuelo imprudente, temeroso de que me descubriera los pensamientos que me habían arrancado la pregunta.
—¡Jacia el mundo!—repitió él soltando una carcajada—. Pues me hace gracia la ocurrencia, ¡pispajo! ¿Estamos aquí en el limbo, o qué?
—He querido decir—repuse celebrando con una risotada contrahecha la pregunta de mi tío—, que cuáles son las salidas principales...
—Ya, ya: ya te había calado yo el pensamiento—respondióme él, dejando de pronto el aire jaranero—, sino que como la ocurrencia tuya se acaldaba bien en una chanza, y yo soy así... Pues te diré: una de las salidas principales es el camino por donde tú has venido anoche, éste de al lado nuestro.
—Corriente.
—Y la otra es la que se ve allá abajo, a la mano izquierda: la misma salida del río. ¿No ves un camino que va por encima de él siguiendo toda la ladera? El puente está aquí a la izquierda, entre aquellos jarales. Puede que le confundas con ellos por lo viejo que es... Pues por ese camino se va...
—¿Hasta dónde?
—¡Hasta dónde!... ¡Trastajo! hasta la mar, si te conviene.
—Bien; pero ¿por dónde?