—Sí, señor—le respondí al punto—: falta algo que busco con ellos desde que me puse a mirar esta mañana, y no hallo por ninguna parte.
—Y ¿qué cosa es ella, hombre?
—Pues un palmo de tierra llana.
—¡Trastajo!—exclamó aquí mi tío, mirándome con el asombro pintado en los ojos—, ¿cómo demonios ha de jallarse lo que no hay?
—¡Que no!—exclamé yo a mi vez.
—No, hombre, no—insistió él con la mayor seriedad—. Entendí que conocías el dicho que corre aquí como evangelio.
—Y ¿qué dicho es ése?
—Que no hay en todo este valle más llanura que la sala de don Celso. ¿Oístelo ahora?—añadió riéndose y mirándome a la cara con sus ojillos de raposo—. Pues atente a ello.
Y volvió a reírse, y me reí yo también, pero de dientes afuera, con lo cual, dejando ambos el balcón, volvimos a la cocina, en cuya perezosa se me antojó desayunarme aquella mañana.
En aquel desayuno y en la comida del mediodía adquirí dos nuevos datos, que no resultaban de escasa cuenta sumados con los que ya poseía: el pan era de hornadas hechas en la taberna cada media semana, y no había otra carne que la de cecina, con excepción del domingo, en que se mataba una res en el pueblo. Allí no se conocía fresco, bueno y a diario, más que la leche y sus preparados... precisamente lo que estaba reñido con los gustos de mi paladar y con los jugos de mi estómago.