En esto venía hacia nosotros de la parte alta del lugar, cuyas casas, como las de todos los lugares montañeses, no guardan orden ni concierto entre sí, una moza de buena estampa, con un calderón de cobre muy bruñido sobre la cabeza, y un cántaro de barro en cada mano. El Tarumbo, después de conocerla, me guiñó un ojo, la volvió la espalda y me dijo mientras cargaba de tabaco su pipa:

—Esa es Tanasia.

—¿Y quién es Tanasia?—le pregunté yo.

—La hija mayor del Toperu—respondióme.

—¿Y quién es el Toperu?—volví a preguntarle.

—Pos es el padre de Tanasia... Vamos, de la mozona que corteja Chiscu.

—¡Ajá!—exclamé mirándola con mucha atención, porque precisamente pasaba entonces por delante de nosotros.

La mozona, que debió presumir algo de lo que tratábamos el Tarumbo y yo, se puso muy colorada y se sonrió, bajando los ojos al darnos los buenos días. Alabé de corazón el buen gusto de Chisco, y no me expliqué bien el del Topero.

—Pues ¿qué demonios quiere para su hija?—pregunté al Tarumbo.

—A un tal Pepazus—me respondió éste—. Un mozallón como un cajigu, que remueve dos hazas de una cavá, come por cuatru cavones, y descurre menos que este moriu que tenemus delante. Dícese que tien el Toperu esta manía: no es porque yo sea capaz de juralu, que como usté, señor don Marcelu, pué cavilar, a mí ya ¿qué me va ni qué me vien en estas cantimploras?