—No crea usted, amigo mío, que me he vestido estos atalajes señoriles para que se vea que los tengo. No llegan a tanto mis flaquezas de infanzón sin privilegios. Neluco lo sabe bien. Pero me gusta dar a cada cual lo que merece, y no tengo todavía bastante franqueza con usted, que es caballero y hombre de mundo, para recibirle en mi casa, por primera vez, vestido de carretero. Va, pues, con usted, como ha ido antes con otros, este ceremonial; y no me lo agradezca, porque es deuda de homenaje que le rindo muy gustoso.
La verdad es que no hallé en mi repertorio de frases hechas y aceptadas en la«buena sociedad» para «cumplir» en lances tales, un par de ellas que entonaran debidamente con aquel modelo de hidalga cortesía, y que me despaché de mala manera con cuatro vulgaridades ramplonas, mal hilvanadas y entre dientes. Enseguida empezó lo que pudiera llamarse, en estilo parlamentario, la sesión.
Recién llegado por primera vez a la Montaña, oriundo de ella y vástago de una familia conocidísima del señor aquél, evidente era que había de ser yo la materia prima de la conversación que se entablara allí. Y eso sucedió. Respondiendo a sus discretas preguntas, fui entregándole, con el pasaporte, toda mi hoja de servicios y merecimientos, que, en Dios y en mi ánima lo juro, nunca me parecieron menos ni más dignos de ser desconocidos; y eso que sólo declaré los más indispensables. Algo saqué en limpio, sin embargo, y de mi gusto, de la ingrata tarea, y fue el conocer, a mi vez, algunos antecedentes de la vida y milagros de mi respetable huésped; entre otros, que después de terminada su carrera de abogado, había sido, durante algunos años, periodista en Madrid a la manera de entonces, tan diferente de la de ahora, discutiendo y exponiendo mucho y batallando poco; gallardías de torneo más que guerra implacable de pasiones; y que había vivido largo tiempo en varias provincias de España, unas veces por gusto y otras desempeñando, cargos públicos importantes.
Tras éstas y otras análogas materias, vinimos al caso concreto de mi llegada a la Montaña y sus motivos.
¡Ah, qué atinado, qué elocuente y qué «hondo» estuvo en este particular aquel caballero! ¡Qué bien conocía a mi tío, qué magistralmente me le pintaba, y cuán sinceramente deploraba su estado de salud después de haber oído de boca de Neluco su irrevocable sentencia de muerte!
—No sabe Tablanca lo que pierde en él—nos dijo—, ni lo sabrán los valles circunvecinos, que tan poco se pagan hoy de su raro ejemplo y de su obra admirable.
Pues sobre esta obra, ¡qué cosas me dijo también! En su concepto, sólo podían estimarla los hombres esforzados que se pasaban la vida consagrados al mismo generoso empeño sin lograr fruto alguno. ¿No tenían todos los terrenos los mismos elementos de fertilidad? ¿Había diferencias de consideración entre semillas que parecían idénticas? ¿Dependían los frutos de la manera de sembrar?
Él no sabía a qué atenerse en vista de lo que le iba enseñando la propia observación en muchos ejemplos que había estudiado muy de cerca. A veces veía un mal común y relativamente nuevo, que le parecía la causa mediata de que se estrellaran en el fracaso los más heroicos y desinteresados intentos; pero ¿por qué no se habían estrellado los de don Celso en el mismo escollo? Es verdad que don Celso había recibido de algunos antepasados suyos bien dispuesto y preparado el campo para su labor benéfica; pero también se había dado este caso en otras partes, y, sin embargo, el mal nuevo había logrado triunfar en ellas. Pertenecía don Celso a una casta de hombres, muy contados, que poseen, como un don de Dios, el instinto de ver el lado práctico de todas las cosas, y la virtud de imponerse, sin aparatos retóricos ni artificios teatrales, a las muchedumbres más indóciles, y de arrastrarlas hasta los últimos extremos de lo heroico. De esta madera habían sido los grandes guerreros y los ciudadanos más insignes. ¿Estaría el mérito de su cosecha en éste su modo de sembrar? De todas maneras, la obra de mi tío debía de vivir eternamente, como la de otros muchos bienhechores de su índole generosa.
Y por aquí vino, por sus pasos contados, lo que estaba yo viendo venir rato hacía.
—Es usted joven—llegó a decirme—, hecho y amoldado a la vida muelle y regalona de las grandes ciudades, y extraño enteramente, menos por su sangre, a este mundo en pequeño que rebulle y se agita entre los repliegues sombríos de estas comarcas grandiosas. ¡Qué lástima—añadió—, que todo esto junto sea un obstáculo, aunque no invencible, para que la labor de don Celso en Tablanca tenga en usted un apasionado continuador! Porque si usted no lo es, ¿quién va a serlo ya?