—Pos salir los dos de madrugá a dale los güenos días.
—¿Solos?
—Y ¿pa qué más? No será la primer vez... Pero como usté me tenía alvertiu de tiempus atrás que si se presentara una proporción de esas, la aprovecharía con gustu...
—Tienes razón, y has hecho muy bien en avisarme... ¡Vaya si te lo agradezco!... hasta por la reserva con que lo haces, sin duda para que no se entere mi tío. ¿No es verdad?
—Muchu que lo es... ¡como que por eso iba a buscali a usté a su mesma sala, cuando le he alcontrau en el caminu... pa que no se enteri el amu que está en la cocina!... Porque el recau no me lo dio Pitu hasta jaz un cuartu de hora.
—Perfectamente... Pues la palabra es palabra; y si la salud de mi tío lo permite, iré con vosotros con muchísimo gusto, ¡ya lo creo! Pero entendámonos: ¿cuánto durará esa expedición?... porque yo no puedo dejarle mucho tiempo solo.
—Ni yo tampoco faltar de casa más de lo regular. Aunque pa la amañanza del ganau, ya deju quien jaga mis vecis... Usté cuenti por seguru que, enterus o en peazus, estamus de güelta pa la hora de comer.
—¡Qué cosas tienes, hombre!... Conque enteros o en pedazos, ¡como si fuera tan arriesgado el lance!
—No es de bodas propiamenti; pero claru está que el dichu fue sólu por decir. Tocanti a lo demás, si tien usté el menor... vamus... el menor recelu por la bestia, que no deja de imponer un pocu la primera vez... y tamién las siguientis, no venga, que compromisu de eyu no hay firmau.
Me tocó en lo vivo la salvedad del mozón, que no estaba fuera de lo prudente ni dejaba de venir al caso, y me la eché de terne, preguntándole con brío bastante forzado: