—¡Cosa de nada!—como dijo Andrés respingando de gusto en cuanto las vió;—descalzarme, remangar las perneras hasta los muslos, y en un decir «Jesús,» atracar un poco las vigas, halando del cabo del arpón; saltar encima de ellas, y con el palo que tengo escondido donde yo sé, bien cerca de aquí... ¡Recontra, qué barco más hermoso!... ¡y qué marea!

Lo mismo opinaban Sula y Muergo, y bien le tentaron para que no pasara de allí; pero la fuerza que le movía hacia San Martín era más poderosa que la que trataba de detenerle en la Maruca; y por eso, y porque Silda, acaso recordando el remojón consabido al ver la percha, que ya le había señalado Muergo con sus ojos bizcos y su risa estúpida, le apoyó con vehemencia, fué sordo á las seducciones de sus astrosos compañeros, y ciego á los atractivos que tenía delante.

Así es que duró poco la detención allí, y muy pronto se les vió trepar á los prados en busca del camino de la Fuente Santa. Aunque Andrés había visto, al asomarse al Muelle en sitio conveniente, que aún no se había puesto el gallardete amarillo sobre la bandera azul en el palo de señales de la Capitanía, prueba de que la corbeta avistada no abocaba todavía al puerto, llevaba mucha prisa; porque resuelto á ver la entrada de su padre desde San Martín, creía que andaba el barco más que su pensamiento, y temía llegar tarde.

Mientras caminaba, siempre delante de los demás, éstos le acribillaban á preguntas, ó le detenía alguno de ellos para ver cómo se revolcaba Muergo sobre los prados, ó se bañaba algún chico entre las peñas cercanas á la Cueva del tío Cirilo, ó [rendía la bordada] un patache buscando la salida con viento de proa, ó remedaba Silda el mirar torcido y el reír estúpido de Muergo.

—¡Buenas cosas traerá tu padre!—dijo la muchachuela á Andrés.

—Á veces las trae tal cual,—respondió Andrés sin volver la cara.

—¿Para tí también?

—Y para todos. Una vez me trajo un loro.

—Mejor eran cajetillas,—expuso Sula.

—U jalea,—añadió Muergo.