El tabernero empezó á complacerle encendiendo una vela de sebo; la encajó después en una palmatoria de hoja de lata, y fuése con ella al departamento indicado por Andrés. Caminando éste detrás de la luz, vió un bulto en la obscuridad del fondo de uno de los primeros cajones de la fila. El bulto roncaba que era un espanto.

—¿Quién duerme ahí?—preguntó Andrés.

—Es Muergo—respondió el hombre de la vela.—Entendimos que se volvía loco de rabia cuando supo que le alcanzaba la leva... Juraba y perjuraba que primero se echaba á la mar que consentir en que le llevaran al servicio... Dimpués tomó una cafetera de aguardiente; pensemos que acababa aquí con medio Cabildo; rindióle al cabo el sueño, y se quedó como usté le ve ahora... Juera del alma, don Andrés, es una pura bestia.

¡Y Andrés envidiaba en aquel instante hasta la suerte de Muergo!

Minutos después, el aturdido mozo, en el rincón más obscuro del más apartado cuchitril de la Zanguina, reponía las fuerzas del cuerpo quebrantado, con las míseras provisiones que el tabernero había puesto sobre la bisunta mesa, mientras aspiraba oleadas de aquella atmósfera pestilente, y sentía en las profundidades de su cabeza el estruendo de la batalla que estaban librando allí sus no domadas ideas.

Algo más tarde, cansado de meditar y de temer, estiró las piernas sobre el banco en que se sentaba; apoyó el tronco contra la pared; cruzó los brazos sobre el pecho, y quiso facilitarle su conquista al sueño, que tanto necesitaba, apagando la luz, que es enemiga del reposo; pero desistió de su propósito, porque no se atrevía á quedarse á obscuras y solo con sus alborotados pensamientos.

XXVII