Pero no podían conseguir que se detuviera allí un instante, ni que al pasar les dijera una sola palabra de las que ellos querían oir. ¿Era miedo que tenía la niña á las venganzas de sus protectores? ¿Era dureza y frialdad de carácter?

Ellos achacaban la reserva á lo primero, y esta consideración doblaba á sus ojos el valor de las prendas morales de aquella inocente mártir.

Vieron, días andando, cómo ésta volvía tarde á casa, y averiguaron la vida que hacía fuera de ella, y los castigos que se le daban por su conducta, y las veces que había dormido á la intemperie, en el quicio de una puerta ó en el [panel] de una lancha.

—¡Y acabarán con la enfeliz criatura, dispués de perderla!—exclamaba tío Mechelín al hablar de ello.—Tan tiernuca y polida, dela usté carena por la mañana, lapo al megodía y taringa por la noche, con poco de boquiblis, y no digo yo ella, un navío de tres puentes se quebranta... ¡Fuérame yo, en su caso, pa no golver en jamás!

—Como llegará á suceder—añadió la marinera,—si Dios antes no lo remedia. ¡Eso tiene el poner, sin más ni más, la carne en boca de tiburones!

—¡Uva!

Una noche, después de haber resonado hasta en la bodega los horrores que vomitaban en el quinto piso las bocas de la Sargüeta y de Carpia contra la niña, que poco antes había llegado á casa, y dos ayes de una voz infantil, penetrantes, agudos, lamentosos, como si inopinadamente una mano brutal arrancara de un tirón á un cuerpo lleno de salud todas las raíces de la vida; después de haberse asomado á la puerta de cada guarida algún habitante de ella, no obstante lo frecuentes que eran en aquella vecindad, más arriba ó más abajo, las tundas y los alborotos, tío Mechelín y su mujer vieron á Silda que bajaba el último tramo de la escalera con igual aceleramiento que si la persiguieran lobos de rabia. La salieron al encuentro en el portal (tía Sidora con el candil en la mano), y observaron que la niña traía las ropitas en desorden, el pelo enmarañado, los ojos humedecidos, la mirada entre el espanto y la ira, la respiración anhelosa y el color lívido.

—¡Déjeme pasar, tía Sidora!—dijo la niña á la marinera, al ver que ésta le cerraba el camino de la calle.

—Pero ¿aónde vas, enfeliz, á tales horas?—exclamó la mujer de Mechelín, tratando de detenerla.

—Me voy—respondió Silda deslizándose hacia la puerta, no cerrada todavía,—para no volver más. ¡Todos son malos en esa casa!