—Me sacó Muergo, porque se lo mandaron Sula y otro que se llama Cole.
—De modo que si no se lo mandan esos, ¿te ahogas?
—Puede que sí.
—¿Y con too y con eso pides camisa para él? ¡Un rejón que le parta!
—¡Da asco verle, de cómo anda! Pero si le dan aquí camisa, que no la lleve si no se corta las greñas y se lava las patas. Es muy lichón, ¡muy lichón!... ¡y muy burro!... ¡y muy malo!
—Entonces ¿por qué mil demonios te apuras tanto por él?
—Por eso, porque da asco verle... y su madre no tiene vergüenza...
Al llegar aquí Silda con la respuesta, una voz que de pronto se dejó oir hacia el extremo del carrejo, como si tuviera la fuerza material de una catapulta, la arrojó hasta lo más escondido de la alcoba. La voz era vibrante, desgarrada, con matices aguardentosos, entre provocativa y fiera, con unos alti-bajos y unos retintines que estaban pidiendo camorra.
—¡Ahí va!—decía,—pa que se mude los piojos mañana, que es domingo... ó pa rueños del carpancho, que en mi casa están de sobra... ó pa gala del día que la caséis con un marqués de cadena de oro... ¡caraspia!... Porque las Indias vos van á caer en la bodega con esa inflanta que echemos ayer á la barredura con la escoba... ¡Puáa!... ¡Toma, pa ella y pa el magañoso que vos vino con la princesa y con el cuentoooo!... ¡Indecenteeees!...
Cuando la voz se fué alejando hacia la calle, salió de su escondite tía Sidora, con muchas precauciones, y halló en mitad del carrejo un envoltorio blanco. Recogióle, le deshizo, y vió que era una camisa de niña: sin duda la de Silda. Atreviéndose después á llegar al portal y á sacar la cabeza fuera de la puerta, vió á Carpia que se alejaba por el medio del arroyo, hacia abajo, los brazos en jarras, descalza de pie y pierna, cerniendo el refajo, y con dos carpanchos vacíos sobre la cabeza.