Hacia los postres, se habló un poco, casi en serio, de los propósitos del capitán con respecto á la carrera de su hijo. Ya iba siendo éste muy grandullón, y deseaba su padre que se matriculara en náutica en pasando un año, para que hiciera á su lado todas las prácticas, antes que él se cansara de navegar, ó le recogiera el mismo Dios la patente, dándole sepultura en el «campón de las merluzas;» con lo que á la pobre madre, cuya cruz más pesada era pensar incesantemente en ese mismo riesgo mientras su marido andaba navegando, se le oprimió el corazón. No podía resignarse, sin protesta, á que su hijo siguiera la carrera azarosa de su padre.
Viendo Bitadura que por aquel lado se enturbiaba el horizonte, torció el rumbo de la conversación; y con esto y con haberse acabado los postres, y con aparecer en la mesa la ginebra y el marrasquino y los avíos de hacer café, como se hacía allí, á taza de polvo por barba, colado con agua hirviendo por manga de franela; y con retirarse Andrea y su hijo con sus correspondientes raciones en una bandeja «para no estorbar á nadie,» quedáronse los marinos mejor que querían.
Una hora después, Madruga bailaba el Cucuyé con Ligo; y, un poco más tarde, á instancias del anfitrión, su piloto, provisto de un cuchillo y una servilleta retorcida, cantaba y representaba el Sama-la-culé... (precisamente por representar esto tan á la perfección, se le había puesto el mote que llevaba), haciéndole el coro y ayudándole en la escena todos los demás...
Y en éstas y en otras tales, hasta la hora de irse á correr un largo á la Alameda de Becedo.
¡Y aquellos niños grandes eran los hombres que sabían conducir un barco á todos los puertos del mundo, y con una plegaria ferviente y una promesa á la Virgen, afrontar cien veces la muerte, con faz serena y corazón impávido, en medio del furor de las tempestades!
¿Ha cantado jamás la poesía cosa más grande y más épica que aquellas pequeñeces?