—Efectivamente: pero yo me refería a la barba.
—Siempre se la vi afeitada.
—Pues se la afeito yo, cabayero.
—¡Ah! ya.
—Y la misma intimidad tengo con Adelardo Ayala. Pues ¿y con Campoamor?... El primero que le dio la mano cuando se echó el último dracma suyo, fui yo. «Gracias, chico —me dijo—, y créete que estimo tu enhorabuena como la mejor.»
—De modo que trata Vd. a toda la literatura por debajo de la pata.
—Hágase Vd. cuenta que a toda... ¡Qué chicos! Tienen la gracia de Dios... Pues ahí está Lagartijo que dice en el Imperial a voz en cuello, que la tarde que no estoy yo en la plaza no sabe dar un volapié. ¡Ese sí que tiene sombra!
—¿El Imperial?
—No, señor, Lagartijo... Así decimos en Madrí... Cosas de esos chicos del Gil Blas. Aquí, en provincias, tiene uno que mirarse mucho para hablar, porque enseguida se escama la gente.
—Ya ve Vd., la ignorancia...