—No, señor, me quedo como un reló... y con un hambre de dos mil demonios.
—¡Hola!
—Y eso es lo que a mí me hace cavilar, porque parece mentira que con lo que yo como no se me quite el hambre..., y, sobre todo, el peso.
—Y la cabeza ¿qué tal?
—La cabeza..., esa es otra más gorda. Cuando tenía veinte años, resistía yo el sol de la era toda la mañana, en pelo, sin que uno de ellos me doliera; pues ahora ¡ya te quiero un cuento! a las dos horas de estar al sol, ya sudo, y me entran los desperezos... Y esto es lo que también me va dando cuidado.
—Y es grave, en efecto.
—¡Lo ve Vd.!
—Sí, señor, bastante grave... ¡muy grave!
—Cuando le digo a Vd. que paso la vida en una agonía... Y lo que más rabia me da, es que todo el mundo dice que me quejo de vicio, y que patatín y que patatán... ¡Hasta los facultativos se han reído de mí!... Conque ¿le parece a Vd. que me sentarán estos baños?
—Están indicadísimos.