Al octavo día observa la gente que por la Plaza Vieja sube un coche lleno de señores muy espetados.
—Ahí va —dicen algunos.
—¿A dónde? —se les pregunta.
—A visitar el Instituto. Desde allí irá a la Farola. Ahora viene del Cristo de la Catedral.
—Entonces ¿está ya para marcharse?
—¡Claro; cuando le enseñan eso!...
Y así es, en efecto. Al cumplirse la semana y media desde su llegada, vuelven a verse una mañana, camino de la Estación, los fraques, los galones, el coche, los granujas y los policías de la otra vez; y en el andén, el mismo grupo dando sombreradas y apretones de manos al propio personaje, que va poco a poco desapareciendo en un coche reservado y muy majo; estalla en los aires otra media docena de cohetes, vuelve a silbar la locomotora, y parte el tren hacia la Peña del Cuervo, dejando detrás la consabida crencha de humo vaporoso, que ondula, se enrosca y serpentea, y al cabo se pierde y desvanece en el espacio, como todas las vanidades de la tierra.
Durante algunos días después, la gente bien informada se las promete muy felices para los intereses del común. Todos los proyectos que el Municipio tiene pendientes de superior resolución serán despachados «como se pide»; habrá subvenciones para esto y para lo otro y para lo de más allá; el puerto va a quedar como nuevo; los barrancos que están a expensas del Estado a las inmediaciones de Santander, volverán a ser anchas, firmes y cómodas carreteras..., en fin, hasta se colocará la estatua de Velarde sobre el pedestal que está esperándola; ¡doce años hace!... Él lo ha prometido; él lo ha asegurado; él se lo ha ofrecido en confianza a Juan, a Pedro y a Diego... Va muy satisfecho de nosotros ¡contentísimo de la acogida que se le ha hecho!
Claro es que ninguna de estas ofertas se cumple, no sé si porque, en realidad, no se hicieron, o porque se olvidaron, como tantas otras; pero, en cambio, un día del próximo otoño amanecen Caballeros y Comendadores de aquende y de allende, seis docenas de ciudadanos que se acostaron simples mortales como yo. ¡Única estela que hoy dejan, a su paso por los pueblos, los varios españoles que gozan el eventual e instable privilegio de ser recibidos con música y cohetes!