—¡Otra! pero ése será el Catecismo de tu pueblo; aquí no rige.
—¿Pus qué rige aquí?
—El Obispo; y el diablo me lleve si le he oído una palabra contra las adivinas.
—Entonces, ¿yo puedo ir á que me echen las cartas?
—Claro que sí. ¿Crees en la adivina?
—Como en los Avangelios. ¡Y buenas ganas que se me han pasao de ir á verla desde que estoy en Santander!
—Pues, hija, ahora tienes güeña preporción.
—¿Ahora mesmo?
—No hay incominiente.
—Pus andando se va.