Blas y Paula se jactaban á cada instante de que jamás había habido entre ellos «un sí ni un no», y era cosa corriente en el lugar que en aquella casa nunca se había oído una disputa, ni había sonado un mal garrotazo, ni se había derramado una lágrima.

Paula no comprendía que en el mundo pudiera nadie ser mucho más feliz que ella; y de fijo hubiera juzgado su felicidad superior á todas las de la tierra, si sus medios le hubieran permitido beber agua con azucarillo y comer bizcochos siempre que se le antojara. Paula, pues, era golosa, pero sin vicio ni cosa que se le pareciera.

Blas no había ocultado nunca á su mujer que envidiaba á todos los hombres que podían, sin arruinarse, beber un cuartillo de vino blanco en cada comida, y echar una siesta de tres ó cuatro horas sobre media docena de colchones, precisamente colchones. Blas, pues, amaba la poltronería y el buen vino, pero sin que la carencia de estos regalos bastara á quitarle su buen humor habitual.

Blas y Paula, en una palabra, eran un matrimonio dichoso, tan dichoso como se puede ser en este pícaro mundo de ambiciones y miserias y donde tan rara es y tan extraña la paz del espíritu.

II

Así estaban las cosas, cuando al salir Blas un día al corral vió que entraba en él un señor, caballero en un rocín, á todos pelos de alquiler, con maleta á la grupa y espolique al costado.

—¿Vive aquí Blas del Tejo?—preguntó á Blas el caballero.

—Para servir á Dios y á usté,—respondió Blas descubriéndose la cabeza y abriendo un palmo de boca y casi otro tanto de ojos y narices.

Apeóse el preguntante; quitó la maleta al jaco; dió unas monedas al espolique, que se largó con el cuadrúpedo haciendo cortesías y muy agradecido, y volvió á preguntar el mismísimo señor al mismísimo Blas:

—¿Se llama tu mujer Paula Turuleque?