—Pero, diga usted, buena mujer, ¿qué es lo que pasa ahí?

—¡Ay, señor! ¿qué tiene de pasar? Ese venturao, que es de suyo un enfelizote y güeno como el pan; pero es dao á la mosolina, y en cuanto se prohibe, se le tristorna el celebro y no se puede con él. Á la probe mujer la pegao endenantes una soba que la doblao; y ahora, porque no asube, la echao la cama por la ventana. Pos el otro día, porque no quería la enfeliz sobir á cenar goliéndose una paliza, dijo él que la iba á abajar la cena; y tan aína lo dijo, despenzó á tirar por la ventana toos los cacharros de la cocina. Y mire usté, señor, ¡quién lo pensara cuando una los vió, como quien dice, ayer, como los ví el día que se casaron los esgraciaos, triscar y bailar, lo mesmo que éstos que está usté viendo ahora á la vera nuestra!

Ya lo oyes, lector; y por cierto que la noticia me ahorra á mí una observación que iba á hacerte, á propósito de los héroes de la fiesta que alumbra esa hoguera.

Estamos en la calle del Arcillero, la que lleva la palma á todas las de Santander en materia de parrandas, pendencias y toda clase de ruidos incómodos, especialmente en noches de verbena, carnaval ó víspera de alguna fiesta popular: en estos casos ya sabe el señor Morfeo que no tiene que acudir á estas vecindades. En este instante reina en ellas alguna tranquilidad, lo cual consiste en que se han ido recogiendo en los casuchos que ves á la derecha, el enjambre de comadres, sardineras, raqueros y otros análogos personajes que pululaban poco ha en balcones, tabernas, aceras y portales.—Algunos pasos más y nos hallaremos en el punto de donde partimos para hacer la exploración, que podemos dar por terminada en la calle de la Compañía.

Nadie en ella... nadie en la plaza... nadie en las calles inmediatas: algún transeúnte, á lo más, que se dirige aceleradamente á su casa. No te extrañe tanta quietud: en el reló del Principal han sonado ya las diez, y esta hora es una especie de escoba que recoge, como por encanto, de las calles de Santander, á todo bicho viviente, menos á los perros y á los cantadores parrandistas, que ninguna noche se callan por completo hasta que el alba asoma; retíranse los polizontes de su retén del Principal (y aprovecho esta ocasión de presentártelos, ya que no has podido conocerlos ni en la cencerrada, ni en la cuesta del Cordelero, ni en otros varios sitios que hemos recorrido y en los que debiéramos haberlos hallado) y aparecen los serenos... á cantar también la hora, que es el papel que les está reservado y retribuído en esta pajarera donde todo es música y gorjeos, ni más ni menos que si en ella fueran cosa inusitada el sueño y el reposo, ó el llanto y los pesares.

Y á Dios te queda, lector... Mas antes de separarnos y por si no volvemos á vernos, escucha la postrera observación, la última palabra, como si dijéramos:

Con lo que has visto y oído durante nuestro paseo, puedes formarte una idea de lo que es la fisonomía general de este pueblo á la luz de la luna: no quiero que me digas ahora si la encuentras parecida á la de otros de España que te son muy conocidos, ó si la juzgas digna de estudio por su originalidad; pero seguro estoy de que con estos datos nocturnos, más los que ya posees, tomados por mí del natural, así de este modelo como de la provincia entera, á la luz del sol y hasta á la de los humildes tizones, tienes cuanto necesitas para poder saludar al pueblo de la Montaña en sus diversas zonas y jerarquías como á persona conocida; de lo cual me felicito, pues juzgándote leal, confío en que harás justicia á mis paisanos, concediendo sin rebozo que si en sus costumbres hay mucho que reprender entre algo que aplaudir, hay, en cambio, muy poco que castigar. ¡Dichosos los pueblos de quienes, en los tiempos que corremos, se pueda decir otro tanto!

1870.

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