Pues bien: supongamos ahora que yo hubiera tenido ingenio bastante para componer un libro de leyendas poéticas y edificantes, llenas de madres resabidas y sentimentales, de padres eruditos y elocuentes, y de hijos galanes, trovadores y sensibles como los pastores de la Galatea; quiero imaginarme que, al pintar el concejo de mi tierra, hubiera arrojado de él al tío Merlín, y puesto por tema de discusión, en vez del que allí se ventiló bajo la impresión de una suspicacia casi estúpida y de una malicia lamentable, tal cual égloga de Virgilio ó artículo del Código penal, como para una asamblea de académicos escrupulosos ó de sabios legisladores; supongamos que, en lugar de exhibir á la familia del tío Nardo vendiendo hasta las tejas para echar á América al niño Andrés con la esperanza de verle tornar un día rico é influyente, sin hacerse cargo de los infinitos ambiciosos montañeses que han perecido hambrientos y abandonados en aquellas regiones, hubiera pintado un indiano poderoso en cada casa, arrojando sin cesar talegas de onzas por la ventana y atando los perros con longaniza; supongamos también que, en vez del sencillo mayorazgo Seturas, hubiera presentado un patriarca venerable explicando, bajo los bardales de una calleja, las maravillas de la botánica y de la astronomía, deteniéndose extáticos, ante la majestad de su palabra, los tardos bueyes, los fieles canes y los rizados borregos; supóngase asimismo que, en lugar de admitir como base del carácter del campesino montañés el puntillo y la suspicacia, causa de tantos males en este país, donde todos los días es una verdad el paso de Las Aceitunas del buen Lope de Rueda, le hubiera poblado de hombres infalibles y longánimos, sin más tribunales que el de la penitencia, ni otras leyes que las del Decálogo; supongamos, además, que, en lugar de Cafetera y de la nuera del tío Bolina y de otros personajes ejusdem farinæ que andan por el libro, hubiera presentado algo parecido á los marineros que bailan en el teatro la tarantela napolitana, y á las bateleras del demi-monde en las regatas del Sena; supongamos, en fin, que yo hubiera sido capaz de crear un país y un paisanaje con todos los primores que caben en la naturaleza y en la humanidad, y de sacar á la plaza pública esa creación con el título de Escenas Montañesas: ¿qué hubieran dicho entonces de ella esos mismos señores á quienes dedico estas líneas? De fijo:—«Hombre, esto es muy bueno sin duda; pero tiene tanto de montañés como nosotros de turcos».

Supongamos, si no, que, sin añadir en el retrato una sola belleza á las que tiene el original, me hubiera limitado á presentar las más libres de toda mácula local y, por ende, semejantes en todo á las de todos los pueblos sometidos al régimen estricto de la nueva civilización. Entonces hubieran dicho mis escrupulosos censores:—«No encontramos en este libro á nuestro vecino, ni á nuestro concejo, ni la escuela en que aprendimos á leer, ni las fiestas de nuestros santos patronos, ni la rioja de nuestras tabernas, ni á los pescadores de nuestra costa, ni el maíz de nuestras mieses, ni las deshojas del maíz, ni el aire, ni el sol de nuestra hermosa campiña... Lo que aquí pasa, pasa también en cualquiera otra provincia de España, y estas costumbres lo mismo pueden llamarse montañesas que palentinas».

Y en ambos casos habrían desdeñado el libro, y éste no hubiera corrido de mano en mano todos los rincones de la Montaña, ni á sus personajes se les hubieran abierto todas las cocinas montañesas, como á gente de la casa, señal infalible de que es bueno el retrato en cuanto al parecido, por más que, como obra mía, no luzca primores de arte.

Pero supongamos ahora, y no es poco suponer (¡y vuelta á las suposiciones!), que los susodichos mis paisanos me conceden que todas las imperfecciones fisonómicas que aparecen en el cuadro existen en el original, y que al copiarle, con la mejor intención del mundo, me limité á cumplir estrictamente mi cometido de retratista escrupuloso; todavía me dicen:—«Si creías que no podía hacerse de la Montaña un retrato de color de rosa, ¿para qué la retrataste? Y si la retrataste, ¿para qué expusiste al público el retrato?».

La retraté, señores míos, cediendo á una tentación más fuerte que mi voluntad: la misma que obliga al poeta á cantar á la naturaleza, y al músico á robarle sus dispersas armonías; impulso irresistible, incontrastable, quizá más que el que lanzó á algunos de vosotros hasta el otro lado del Atlántico en busca de soñados torrentes de acuñadas peluconas. Y le expuse al público, porque no juzgué ni juzgo á ningún español tan mentecato, que sea capaz de creer á su país exento de achaques tan gordos como los que yo cito del mío, ni tan tonto que, si los concediera, se forje la ilusión de que el vecino no los ha visto; le expuse al público, porque muchos de los vicios que pregona apenas excitan la compasión, algunos la risa, y los más el escasísimo interés que haya podido prestarles el esmero, ya que no la destreza del pintor, y porque el más grave de ellos es, á Dios gracias, mucho más leve que el más insignificante de los consignados en la estadística viciosa de cualquier otra provincia de España; le expuse al público como se expone un cuadro de fotografías que ni son obscenas ni injurian á nadie: para que las vea aquel caballero y las juzgue... y las compre, si es posible; le expuse al público, en fin, en la confianza de que, aun en el caso de tropezar con jueces tan aprensivos, tan quisquillosos... tan montañeses como ustedes, podría responder, en abono de mi intención inmejorable:—«Creo, con la mano sobre mi corazón, que exhibiendo resabios y picardías como las de tío Merlín, desdichas y miserias como las de la familia del Tuerto, preocupaciones funestísimas como las de la de tío Nardo, etc., etc., y poniendo á su lado estimables cualidades y méritos que no faltan en otros personajes del libro, se prueba mejor el patriotismo que con ostentosos vanos alardes de tan noble virtud; y que la Montaña perdería menos oyendo á los que, como yo, entre himnos entusiásticos á sus bellezas, dedican una cariñosa censura á muchas de sus curables imperfecciones, que á los que transigen con todas ellas á trueque de que nadie las vea».

En cuanto al estilo más ó menos irónico, más ó menos alegre de la obra, ¡qué diablo! no es ella ninguna colección de elegías ni de sermones de Ánimas; amén de que cada hombre tiene el que Dios le concedió, y yo, al usar el que bajo este título me pertenece, malo y todo, le he creído preferible, por mío, al mejor de los prestados.

Y aquí debiera poner fin á este proemio, asaz enojoso para mí por el fin que lleva; mas no quiero dejar la pluma sin resarcirla del disgusto de escribirle, dedicándola un instante á más placentera ocupación.—Sírvame, pues, en este momento, no del todo inoportuno, para dar un público testimonio de mi gratitud profunda á mi querido amigo Antonio de Trueba, cuyo solo nombre, puesto al frente de mi libro, embelleció sus innumerables defectos al ser admitido, no de mala gana, en la república literaria española; al inimitable autor de las Escenas Matritenses; al insigne poeta y sabio crítico, D. Juan Eugenio Hartzenbusch; al malogrado ingenio que dejó, por huella de su paso por el mundo, el monumento literario Ayer, Hoy y Mañana, y á otros escritores no menos discretos, y á la prensa periódica en general, cuyas felicitaciones conservo como prendas de inestimable valor; no porque de ellas me juzgue digno, sino porque las considero como otras tantas manos cariñosas que estrecharon la mía al acercarme por primera vez á una región donde la censura de los doctos enerva y el desdén mata.

Otra deuda no menos sagrada, que también quiero pagar, tengo con el público, especialmente el de la Montaña, que, aceptando mi buena intención y dispensándome los pecados de inexperiencia ó de incapacidad, acogió las Escenas con una benevolencia que jamás me hubiera atrevido á esperar.

¡Quiera Dios que, al dar á luz esta segunda serie, no se arrepientan, público y escritores, de haberme aplaudido la primera!

Enero de 1871.