Acaso en ninguna parte del mundo se le da al hombre tanto valor intrínseco como en América. El hombre es allí un valor, en todo lo máximo del concepto; es una fuerza dinámica, una posibilidad infinita, una energía monedable y, sobre todo, una simiente.
América ha sentido siempre la emoción que no conoce Europa; esa entusiasta emoción ante los trasatlánticos humeantes y vociferantes que arriban a los muelles con su cargamento de hombres. ¡Semillas de porvenir!
Los buques arrojan sobre el muelle su carga humana; las falanges de inmigrantes se suceden, y cuando una muchedumbre se ha internado en el azar del Continente, otra nueva multitud desembarca. Allá van, por allí ruedan y buscan. Son los eternamente renovados en el ideal de las Indias. Con sus caras atónitas, con sus cuerpos pesados, un poco sucios en su torpeza de aldeanos. Plebe extraída de las últimas humildades europeas. Y sin embargo tal vez materia de futuras aristocracias.
¡Ah! En todas partes se muestra el hombre como un grave misterio, capaz de contener en sí todos los desdoblamientos del éxito y de la fortuna; en América es todavía mayor ese misterio, porque allí las contingencias del azar se precipitan con más imprevista rapidez. Por eso es tan sugestivo ir curiosamente a lo largo de un gran puerto de América y confundirse con las masas de los emigrantes. Bullen hombres, mujeres y niños aguardando la hora de internarse en lo desconocido. Candidatos del triunfo, unos caerán fracasados, otros vejetarán en una zozobrante pobreza; muchos saltarán en rápidos trancos la escala social, empinándose hasta la gloria del triunfo. A manejar rebaños numerosos, trusts imponentes, líneas férreas, Bancos. De ellos saldrá el multimillonario ostentoso, la dama exquisita o viciosa, el elegante rastacuero.
Esa cualidad suya es la que América tiene derecho a ostentar. Por su virtud, el hombre obscuro y primario logra la mayor potencia evolutoria. La experiencia humana llevada al límite; el arribismo ilimitado y democrático: he ahí la cualidad de América. Allí donde el hombre vale por lo que es y por lo que puede; donde el hombre es una cosa profunda, ilimitada y posible que puede actuar y desenvolverse sin limitaciones ni reservas.
En algunas zonas pujantes de aquella América, diríase que todos los componentes de la máquina nacional se hallan templados en un ritmo de exaltación dinámica. Recuerdan a los músicos de una gran orquesta. Los instrumentos vibran con una armonía arrebatadora, templados, tensos, sonoros, fáciles a la batuta del destino... La locomotora marcha a compás, como a compás el minero, y el agricultor, y el inventor, y el periodista. Y ese compás está puesto en su intensidad máxima. Compás heroico, acelerado, propicio para la locura de las experiencias temerarias. Así marcha y vibra Norte América, con sus cien ciudades osadas. ¿A dónde se dirige? ¿Qué busca? ¿Qué nuevo signo de civilización ofrecerá al mundo? No se sabe. Es todavía una fuerza de la naturaleza, que acciona a impulso de su fatalidad dinámica y juvenil.
Vivir intensamente o no vivir; tal es el concepto moral de esa América dinámica. El maquinismo presta a su vida un impulso que nunca los hombres conocieron, y las rotaciones de la actividad se apresuran como en una pesadilla. La vida intensa, la vida enérgica y apresurada, o si no la muerte. Son los hombres modernos por excelencia, cuya modernidad flota libre y aérea por encima de todo peso tradicional.
Simples, ligeros, sin los vínculos del hombre de Europa que necesita mirar tanto al pasado como al porvenir; esos hombres sin estirpe ni abolengo, esos cachorros de león de América, ¿qué sienten frente a Europa? ¿Es sólo admiración y respeto? ¿Es también acaso una secreta ira inconfesable contra el continente matriz que había recorrido ya la ilustre escala de la cultura noble y magistral?... ¿Es un íntimo e inexpresable propósito de llegar a poder superar a Europa, dominarla alguna vez, imponerla el sello y el ritmo de la vida americana, antiplatónica y locamente activa?...
Hija del heroísmo y del azar, madura ya y vigorosa entre los dos Océanos, allí América se alza como un enigma. La Humanidad y la civilización tienen que contar en adelante con ese agregado imprevisto, ascendente y dudoso, que añadirá nuevos caracteres al mundo e infundirá quién sabe qué otro sentido a la vida misma.
Cantos de marineros, ruidos de espadas, plegarias de sacerdotes, asistieron al alba de ese continente; ahora vocean las bocinas en sus puertos, crujen las locomotoras en sus llanuras, dora un sol pacífico la opulencia de sus cañaverales. El porvenir se abre sembrado de maravillas. Y mientras en las mil ciudades de América suenan los clamores de gloria, el alma quiere asistir todavía, llena de religioso respeto, al momento en que el descubridor salta en tierra y hace que el viento desplegue y extienda el estandarte cruzado de España; y al momento en que Balboa separa los tupidos lienzos de la selva para contemplar, mudo y temblando, la inmensidad del mar del Sur; o en que el conquistador, abrumado del peso de sus mismo hados, enfrenta valerosamente la monstruosidad de los peligros y guía hacia adelante su pequeña tropa ferrada, barbuda, brusca y soñadora...