Y todo esto lo realizó sencillamente, como si de veras obedeciese a un mandato de los dioses; como si fuera el brazo que la Providencia usa para efectuar el milagro. Esa obra descomunal de América apenas si perturbó en nada la vida española; España no interrumpe su actuación europea, sus campañas, sus formidables entreveros políticos; la acción de España se diversifica en Europa y en el Norte de Africa, sigue su curso normal, trágicamente magnífico, y como por un exceso de grandeza no se oye casi hablar de las Indias a los escritores y los gobernantes. Es un caso de plenitud y de energía; es algo como el silencio en el obrar del soberbio y del poderoso. La obra descomunal de América va realizándola España rápidamente, sencillamente, sin que un músculo contraído denote el esfuerzo extraordinario. Esta señorial aptitud para consumar actos excepcionales, que en el gigante parecen naturales y en otros absorberían todas las fuerzas y toda la voluntad, es un distintivo diferencial que España debe reclamar sobre todo.

Repasad el censo de las cosas geniales creadas por la Humanidad; sed exigentes al considerar el valor esencial y eterno de esas cosas; cuando hayáis reducido a breve cifra las genialidades trascendentales, entre ellas contará siempre el descubrimiento, conquista y colonización de América.

¡Cuántos pueblos han debido vivir y perecer sin que su nombre quede perpetuado en una obra verdaderamente trascendental! España, hasta la consumación de los siglos, será una expresión viva porque produjo a América.

No consiste la genialidad en el ruido de las batallas y de la política; se puede embargar la Historia con el peso de muchas acciones, como Turquía o Cartago, y no obstante carecer de opción para el respeto de los siglos. No vale llenar la Historia y añadirle peso, que al fin es como una contrariedad; no vale siquiera haberse esmerado en pequeñas obras, en breves esfuerzos, en numerosas aportaciones modestas; lo importante en un pueblo es abrirse, como una montaña de oro virgen, y darse, derramarse, arrojar al tiempo de una vez y magníficamente la obra trascendental.

A los españoles se nos ha regateado todo. Con un rencor de fiscal adverso, todo se nos ha discutido, negado, mezquinado. Pero considérense con atención y justicia el descubrimiento, conquista y colonización de América, y un aura de heroísmo y honda humanidad trascenderá al espíritu más extraño o ajeno. El heroísmo está palpitante; no los Cruzados, pero ni los fantásticos campeones de la caballería, ni los guerreros mitológicos, han inventado aventuras como la de Cabeza de Vaca o combates y trabajos como los de Pizarro y Cortés. El humanismo de la empresa española en América fué muchas veces escatimado; sin embargo, desde el ejemplo de Roma ningún pueblo se ha transfundido en el pueblo dominado como España en América. La flor de su sangre y de su cultura, sus creencias y su idioma, su fe y sus costumbres, su ánimo y sus sentimientos, todo lo derramó España en América, exactamente como hace una madre. ¿Es esto un delito de humanidad?

Vertida, derramada, transfundida en América, España quiere y puede llamarse madre. La América española no es un país extraño que al libertarse políticamente se separa en realidad; no puede separarse nunca, porque es una parte indivisible de la universalidad española.

CAPÍTULO IV
LOS ESPAÑOLES EN AMÉRICA

DESDE muy antiguo, y en distintas zonas del mundo, se ha pretendido descalificar y disminuir a los españoles que conquistaron América. Parece como si el primer impulso de estupefacción que la conquista de Méjico y Perú produjo en las gentes, hubiera humillado a los mismos admiradores; y es sabido siempre que la envidia reacciona del mismo modo: la admiración se convierte en incisivas objeciones.