Es un pueblo amable, bastante crecido y de contornos deliciosos. Su nombre de santo antiguo indica desde luego que fué creado por los Jesuítas. En efecto, desde Santo Tomé, hacia las espesuras del Brasil y el Paraguay, entre los grandes ríos Uruguay y Paraná, extendíanse las célebres Misiones Jesuíticas, ese noble intento de una república cristiano-comunista que dió lugar a tantas leyendas y a tan contradictorios comentarios.

En Santo Tomé viví dos días; no podré contar en mi vida muchos días que sean más serenos. Una suavidad del aire, un perfume de jazmines, el panorama del caudaloso río, y una paz de lentitud y de pereza en las gentes... En Santo Tomé parece que las cosas esperan a alguien. Esta espera es la misma que la del rebaño que perdiera su pastor. Los pueblos misioneros tenían en los jesuítas su pastor. Estos eran el cerebro, la conciencia y la voluntad, la providencia que evita el dolor y el cálculo que previene; los sencillos indios no necesitaban pensar ni agitarse, ni desear siquiera. Sobre sus vírgenes y sumisas naturalezas en que faltaba principalmente la voluntad, ¡con qué alegría y entusiasmo ensayaron los hijos de Loyola su programa cristiano-social!

Armados de revólver...

En fin, partimos de Santo Tomé en un tren explorador que marchaba con un cargamento de obreros hasta el límite de la línea. Nos acomodamos en un furgón sin techumbre, y en esta poco sibarítica forma hicimos un recorrido de tres horas. La línea del ferrocarril terminaba en seco en mitad de una llanura desierta y rasa. Descendimos a tierra, y con nosotros bajaron los obreros.

Acababan de llegar de Europa. Eran inmigrantes novicios, reclutados en todos los rincones de España, de Italia, de Turquía y de Rusia. Venían deshechos, sucios, hambrientos. Al saltar a tierra formaron en grupos, y los capataces los escogían, los distribuían de aquí para allá. En seguida pusiéronse a encender fuego. Prepararon el «mate» y lo sorbían a grandes tragos, mojando en la caliente infusión la dura galleta.

Nosotros teníamos apercibida una «galera», regularmente desvencijada. Nos instalamos allí, y a un trallazo del mayoral las mulas arrancaron a correr por el infame camino polvoriento. Eran cuatro mulas en las varas; otras dos iban delanteras; y a la cabeza de la tropilla, jinete en un caballejo, marchaba un muchacho con su rebenque.

El mayoral llevaba un cuchillo enorme cruzado a la cintura; el que hacía de jefe o intendente de la galera mostraba un buen revólver bajo el chaleco. Entrábamos, pues, en una comarca semidesierta, fronteriza al Brasil y al Uruguay, nido de contrabandistas y desterrados... Mis compañeros de viaje buscaron en sus maletas y sacaron sendos revólveres, que prendieron de sus cinturas. Yo no tenía armas. Esta ausencia de previsión marcial me avergonzó bastante y me dejó en situación de manifiesta inferioridad.

Entonces, viendo mi actitud humillada e indefensa, alguien me alargó un revólver que sobraba. Como el revólver era de grueso calibre y yo carecía de cinto y de funda, me ví perplejo ante aquella arma, que no sabía en donde aposentar. Opté por guardarla en el bolsillo de la chaqueta.

—¡Qué hace usted, señor! Con los tumbos que da el coche, ¿no imagina usted que se dispare y se hiera, o nos hiera a nosotros?

En resolución, tuve que entregar el revólver a quien me lo quiso prestar. Y puesto que tan mala maña demostraba yo para el manejo de las armas, decidimos que mi persona era inútil en cuanto a las contingencias de asaltos, sorpresas y bandidajes, y que mis compañeros asumían la responsabilidad de defenderme.